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  • Kicillof y la asepsia 

    Kicillof y la asepsia 

    ¿Un nuevo liderazgo o los límites de la prolijidad?

    Axel Kicillof atraviesa un problema clásico: quien llega al poder de la mano de un liderazgo heredado debe, tarde o temprano, encontrar una forma de emanciparse de él. Como en la imagen freudiana de la horda primitiva, el heredero solo puede convertirse plenamente en conductor cuando deja de ocupar el lugar del hijo. Esa tensión atraviesa buena parte de la relación entre Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner.

    Pero, a diferencia de la escena imaginada por Freud, la sucesión no termina de consumarse. El “heredero natural” no consigue todavía el reconocimiento pleno de sus pares. Gobernadores, intendentes, sindicatos y dirigentes territoriales no confluyen en una mayoría capaz de construir un nuevo centro de gravedad. Desde la muerte de Perón, el poder dentro del peronismo se ha distribuido entre múltiples actores; quien logra conducir no es quien recibe una herencia, sino quien consigue articular esos poderes dispersos en una misma dirección.

    Hoy esa mayoría continúa orbitando alrededor de Cristina Fernández de Kirchner. La dificultad adicional para Kicillof es que gran parte del electorado que podría sostener su proyección política es el mismo que conserva una identificación afectiva y simbólica con Cristina. Diferenciarse sin romper con esa fuente de legitimidad constituye su principal desafío. En ese marco, algunos sectores también observan con recelo su moderado rol en la defensa pública de la liberación de Cristina, interpretando esa distancia como una falta de identificación plena con la conducción histórica.

    La desconfianza

    A estas tensiones se suman otras sospechas dentro del propio movimiento: la creación del Movimiento Derecho al Futuro como construcción autónoma. Su perfil más ligado a la economía keynesiana que a la tradición doctrinaria peronista y su persistencia en proyectarse como candidato presidencial antes de consolidar una conducción reconocida. Incluso su escasa participación en espacios de coordinación económica del peronismo fue leída por algunos dirigentes como una señal de distancia. En política, las ausencias también producen significados.

    Más allá de estas dificultades, y aunque todavía no es clara una candidatura presidencial, Kicillof ha comenzado a poner en marcha una estructura de organización militante propia a través del Movimiento Derecho al Futuro.

    La estética de los encuentros y reuniones del MDF se distancia de la liturgia peronista tradicional: espacios cerrados, ausencia de banderas, aplausos en momentos determinados y escasa presencia de los cánticos que históricamente caracterizaron a la militancia justicialista. El público que predomina en estos espacios pertenece mayoritariamente a sectores medios, con una fuerte presencia femenina, que encuentra en la figura del gobernador una identificación basada en atributos particulares: su formación académica, su trayectoria profesional, su familia y, sobre todo, una idea de honestidad personal.

    Allí aparece una clave para comprender su construcción política: la asepsia. Una forma diferente de generar adhesión frente a la épica, la mística y la identidad histórica del peronismo. Una figura que busca ser valorada más por sus cualidades personales, que por su pertenencia a una tradición política.

    Sin embargo, esa construcción todavía enfrenta una dificultad: el MDF no ha logrado consolidar una identidad militante propia y reconocible dentro del amplio universo peronista. Más allá de los dirigentes vinculados a la gestión bonaerense, la mayoría de sus referentes no poseen aún un peso nacional significativo, y para buena parte del electorado peronista no aparece con claridad cuál es la diferencia sustancial entre este espacio y la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.

    Esta indefinición también se observa en la discusión sobre el proyecto político. Mientras distintos sectores del peronismo han comenzado a organizar mesas de trabajo, encuentros y espacios de debate orientados a definir un programa de gobierno, el MDF parece sostener una lógica más cercana a “ganemos despues vemos”. Ante la pregunta por el modelo de país que propone, la respuesta suele encontrar su referencia en la experiencia de la provincia de Buenos Aires proyectada a nivel nacional.

    Ahí aparece una particularidad de su construcción: el principal argumento de legitimidad no parece estar colocado en una nueva doctrina o en una reorganización del movimiento, sino en la extensión de una experiencia concreta de gestión. La pregunta que queda abierta es si esa referencia alcanza para construir una identidad política nacional o si, por el contrario, requiere todavía de una narrativa más amplia capaz de convocar más allá del territorio bonaerense.

    La asepsia como política de estado

    Dentro de los militantes del MDF se suele destacar los títulos que posee Kicillof, su familia bien estructurada  y su educación para hablar. No es raro escuchar decir a sus militantes, queremos un presidente normal. Otra de las virtudes que se le atribuye a Kicillof es el no poseer causas judiciales, algo que es tomado por algunos sectores del cristinismo como una chicana directa hacia su conductora. En síntesis, lo que destacan sus militantes es su asepsia. 

    Este nivel de asepsia y sobriedad es lo que también llevó a preguntarse a gran parte del público politizado si realmente el 19 de Septiembre Kicillof lanzó su candidatura. Mientras que para el público despolitizado pasó desapercibido. 

    En cuanto al plano sentimental, Kicillof rompe con la lógica del género. Esa que dice que las mujeres llamamos más la atención por nuestra estética, mientras que los hombres llaman más la atención por su agudeza. En el caso del militante del MDF, construido por una mayoritaria presencia femenina, los sentimientos son mayormente construidos por la estética del candidato. En donde se destaca más sus ojos claros, que su oratoria, por ejemplo. 

    Otra particularidad es la fragilidad. No se ve en Kicillof a alguien que me puede proteger, sino a alguien que debo proteger. Como a un niño que acabo de bañar y debo cuidar que no se ensucie. Quizás propio de su militancia más feminizada.

    Es que para ciertos sectores que habitan el peronismo, Kicillof representa la esperanza de continuar un modelo progresista dentro del peronismo. Por eso se habla de “nuevas canciones” y se monta un movimiento dentro del movimiento peronista. 

    Acá vale la pena una aclaración. El progresismo como categoría política poco tiene que ver con el significado lingüístico de la palabra progreso, aunque muchos divulgadores lo quieren equiparar. Tampoco hay un vínculo con el progresismo pensado desde la ilustración de Voltaire, que apunta a la emancipación a través de la razón. Tiene un vínculo más directo con los liberales reformistas y el marxismo cultural o neomarxismo. 


    Volvamos entonces a la imagen del comienzo. Kicillof necesita emanciparse de Cristina, pero el peronismo no se hereda ni se decreta: se conduce, y se conduce articulando poderes, no acumulando atributos. La asepsia puede ser una virtud para construir un núcleo propio de adhesión, pero también es un límite: lo que no mancha tampoco convoca. La pregunta que queda abierta es si un liderazgo que se ofrece como “normal”, prolijo y sin épica puede ser, a la vez, el centro de gravedad de un movimiento nacido de la mística y la identidad. Es probable que la respuesta no dependa de sus títulos ni de su gestión, sino de si logra construir, más allá de Buenos Aires, un relato capaz de convocar a quienes hoy no encuentran en la asepsia un motivo para militar.