Etiqueta: Axel Kicillof

  • El Compañero del camión 

    El Compañero del camión 

    ¿Quién es Guillermo Moreno? y ¿Cuál es su trayectoria profesional?

    Guillermo Moreno cuenta con una amplia trayectoria y una identidad propia dentro del peronismo. Su figura adquirió relevancia pública durante su paso por la Secretaría de Comercio Interior (2006-2013), etapa en la que se convirtió en un personaje central del debate económico y político. Su estilo confrontativo con el empresariado le valió críticas y cuestionamientos, sintetizados en el apelativo de “el buen salvaje” utilizado por Diego Cabot y Francisco Olivera. Sin embargo, incluso sus críticos suelen reconocer un rasgo que atraviesa su trayectoria: la idea de una militancia sostenida por convicciones antes que por conveniencias personales, en donde destacan su insobornabilidad.

    Dentro de la biografía política de Guillermo Moreno y el rol que tuvo en la economía argentina, hubo un quiebre en su incidencia.

    En 2013, tras sus diferencias con el rumbo económico iniciado por Axel Kicillof, dejó la Secretaría de Comercio para asumir como agregado económico en la embajada argentina en Italia. Hoy esas mismas críticas se replicaron en gran parte de los doctrinarios como vimos en Kicillof y la asepsia. Luego de distintas etapas y reorganizaciones, decidió construir su propio espacio político: Principios y Valores. Su propuesta se presenta como un peronismo doctrinario, apoyado en los textos, las enseñanzas y las experiencias de gobierno de Juan Domingo Perón.

    A diferencia de otros dirigentes que buscan reconstruir el peronismo desde nuevas identidades o desde una renovación programática, Moreno parte de una premisa diferente: la crisis del movimiento no proviene de la falta de adaptación, sino del alejamiento de su doctrina original.

    Esta va a ser, sin duda, la parte más subjetiva de este análisis. No porque desconozca la necesidad de una mirada crítica, sino porque en este punto el objeto de estudio también es parte de mi propia experiencia política. Quien escribe no observa desde afuera: forma parte de Principios y Valores.

    Cuando alguien me pregunta quién es mi conductor, la respuesta no deja lugar a dudas: Juan Domingo Perón. Pero dentro de esa tradición, y desde mi propia mirada militante, reconozco en Guillermo Moreno al mejor de los nuestros. No como reemplazo del conductor histórico, sino como aquel que, en el presente, expresa con mayor fidelidad una forma de entender el peronismo.

    El tío Guillermo

    La mimesis que tenemos los militantes de PyV con el conductor es la del espejo, al igual que Milei con su militancia. Pero con una gran diferencia. Nuestro espejo no tiene que ver con un espejo sobre lo material, que en el caso de Milei y los suyos, es por un rol social. Nosotros con Guillermo tenemos un espejo trascendental, sentimos un fanatismo y un amor similar con la causa de Peron, sentimos un compromiso con Dios, con la patria y las familias. Amamos nuestra historia, nuestros textos y nuestra cultura, tanto como el Guille. Y también, nos importa como a él la realización de una economía peronista, y ahí, aunque con diferentes doctrinarias, también confluimos con el núcleo duro de Milei como vimos en El León y las ovejas.  

    Muchos de los militantes de PyV vemos en Guillermo a alguien cercano, un padre, un tío, un amigo, por lo cual la unión afectiva es muy intrínseca con el conductor, aunque no tengamos un contacto fluido. También, confluimos en lo salvaje de su relato. La estética del grito, del canto, las banderas, el fanatismo, la pasión, corren muy a destiempo en la actualidad. Guillermo y nosotros, su militancia, tratamos de volver a eso constantemente, no como una añoranza, sino porque creemos que el peronismo es principalmente un sentimiento. Para nosotros al peronismo se ingresa por los sentimientos, se entiende la doctrina bajo la razón y se vuelve una pasión.                       

    Mantener prendida la llama del calefón encendida

    Luego del ingreso o afianzamiento de la socialdemocracia en lo económico y el progresismo en lo cultural dentro del PJ, ocurrió una deformación en la identidad. Hoy este es un diagnóstico compartido por una parte importante del movimiento peronista, con disidencia en el inicio de la toma del movimiento.

    Un acuerdo común es que el inicio de la infiltración. Se consensuó que a partir de los setenta se quiso hacer del peronismo un marxismo nacional a través de una sustitución semántica como explicamos en este video. Aunque en ese momento esta infiltración operaba desde la periferia, pero en algún momento se hicieron hegemonía. Ahí viene la discusión, ¿cuándo se hicieron de esa hegemonía? 

    Para Moreno eso ocurre con la llegada de al ministerio de economía. Para otros el comienzo se sitúa con la relevancia de intelectuales de “carta abierta” a las decisiones de gobierno. Algunos dicen que fue con la llegada de Alberto Fernandez. 

    Sea cual sea el punto de inicio, Morenos durante todos eso años mantuvo encendida la llama del calefón. Yendo a cuanto lugar lo invitaba para hablar del peronismo y la doctrina, abriendo su espacio político haciendo formación peronista, promoviendo la visión de Perón.                              

    La heroica 

    Más allá de esta oda a Guillermo Mario Moreno, la realidad es que el espacio político de PYV no le gana a nadie. Acá hay un tema a resolver. El peronismo es un movimiento popular, no puede ser minoritario. 

    Los caminos son varios. Uno de ellos es aumentar su núcleo duro y formar cuadros propios. Otra opción, que es la que está tomando Guillermo, es sumarse a otro espacio y tratar de llevar el peronismo ahí. Esto ya lo hablamos en el artículo La conductora y la lealtad.

    Ambas cosas tienen su riesgo. 

    El armado de cuadros propios, el imponer esos cuadros en una agenda mediática, o conseguir personas con formación mediática y doctrinaria, lleva tiempo. Pero es necesario. Con la imagen de una sola persona no se gana una elección.         

    El aliarse con otros espacios políticos que no tienen tan presente la doctrina como si la rosca política, puede hacer que la rosca gane sobre los principios y valores peronistas. 

    Sea como sea, la llama del calefón ya está prendida y esperando el combustible que lo encienda. 

  • Kicillof y la asepsia 

    Kicillof y la asepsia 

    ¿Un nuevo liderazgo o los límites de la prolijidad?

    Axel Kicillof atraviesa un problema clásico: quien llega al poder de la mano de un liderazgo heredado debe, tarde o temprano, encontrar una forma de emanciparse de él. Como en la imagen freudiana de la horda primitiva, el heredero solo puede convertirse plenamente en conductor cuando deja de ocupar el lugar del hijo. Esa tensión atraviesa buena parte de la relación entre Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner.

    Pero, a diferencia de la escena imaginada por Freud, la sucesión no termina de consumarse. El “heredero natural” no consigue todavía el reconocimiento pleno de sus pares. Gobernadores, intendentes, sindicatos y dirigentes territoriales no confluyen en una mayoría capaz de construir un nuevo centro de gravedad. Desde la muerte de Perón, el poder dentro del peronismo se ha distribuido entre múltiples actores; quien logra conducir no es quien recibe una herencia, sino quien consigue articular esos poderes dispersos en una misma dirección.

    Hoy esa mayoría continúa orbitando alrededor de Cristina Fernández de Kirchner. La dificultad adicional para Kicillof es que gran parte del electorado que podría sostener su proyección política es el mismo que conserva una identificación afectiva y simbólica con Cristina. Diferenciarse sin romper con esa fuente de legitimidad constituye su principal desafío. En ese marco, algunos sectores también observan con recelo su moderado rol en la defensa pública de la liberación de Cristina, interpretando esa distancia como una falta de identificación plena con la conducción histórica.

    La desconfianza

    A estas tensiones se suman otras sospechas dentro del propio movimiento: la creación del Movimiento Derecho al Futuro como construcción autónoma. Su perfil más ligado a la economía keynesiana que a la tradición doctrinaria peronista y su persistencia en proyectarse como candidato presidencial antes de consolidar una conducción reconocida. Incluso su escasa participación en espacios de coordinación económica del peronismo fue leída por algunos dirigentes como una señal de distancia. En política, las ausencias también producen significados.

    Más allá de estas dificultades, y aunque todavía no es clara una candidatura presidencial, Kicillof ha comenzado a poner en marcha una estructura de organización militante propia a través del Movimiento Derecho al Futuro.

    La estética de los encuentros y reuniones del MDF se distancia de la liturgia peronista tradicional: espacios cerrados, ausencia de banderas, aplausos en momentos determinados y escasa presencia de los cánticos que históricamente caracterizaron a la militancia justicialista. El público que predomina en estos espacios pertenece mayoritariamente a sectores medios, con una fuerte presencia femenina, que encuentra en la figura del gobernador una identificación basada en atributos particulares: su formación académica, su trayectoria profesional, su familia y, sobre todo, una idea de honestidad personal.

    Allí aparece una clave para comprender su construcción política: la asepsia. Una forma diferente de generar adhesión frente a la épica, la mística y la identidad histórica del peronismo. Una figura que busca ser valorada más por sus cualidades personales, que por su pertenencia a una tradición política.

    Sin embargo, esa construcción todavía enfrenta una dificultad: el MDF no ha logrado consolidar una identidad militante propia y reconocible dentro del amplio universo peronista. Más allá de los dirigentes vinculados a la gestión bonaerense, la mayoría de sus referentes no poseen aún un peso nacional significativo, y para buena parte del electorado peronista no aparece con claridad cuál es la diferencia sustancial entre este espacio y la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.

    Esta indefinición también se observa en la discusión sobre el proyecto político. Mientras distintos sectores del peronismo han comenzado a organizar mesas de trabajo, encuentros y espacios de debate orientados a definir un programa de gobierno, el MDF parece sostener una lógica más cercana a “ganemos despues vemos”. Ante la pregunta por el modelo de país que propone, la respuesta suele encontrar su referencia en la experiencia de la provincia de Buenos Aires proyectada a nivel nacional.

    Ahí aparece una particularidad de su construcción: el principal argumento de legitimidad no parece estar colocado en una nueva doctrina o en una reorganización del movimiento, sino en la extensión de una experiencia concreta de gestión. La pregunta que queda abierta es si esa referencia alcanza para construir una identidad política nacional o si, por el contrario, requiere todavía de una narrativa más amplia capaz de convocar más allá del territorio bonaerense.

    La asepsia como política de estado

    Dentro de los militantes del MDF se suele destacar los títulos que posee Kicillof, su familia bien estructurada  y su educación para hablar. No es raro escuchar decir a sus militantes, queremos un presidente normal. Otra de las virtudes que se le atribuye a Kicillof es el no poseer causas judiciales, algo que es tomado por algunos sectores del cristinismo como una chicana directa hacia su conductora. En síntesis, lo que destacan sus militantes es su asepsia. 

    Este nivel de asepsia y sobriedad es lo que también llevó a preguntarse a gran parte del público politizado si realmente el 19 de Septiembre Kicillof lanzó su candidatura. Mientras que para el público despolitizado pasó desapercibido. 

    En cuanto al plano sentimental, Kicillof rompe con la lógica del género. Esa que dice que las mujeres llamamos más la atención por nuestra estética, mientras que los hombres llaman más la atención por su agudeza. En el caso del militante del MDF, construido por una mayoritaria presencia femenina, los sentimientos son mayormente construidos por la estética del candidato. En donde se destaca más sus ojos claros, que su oratoria, por ejemplo. 

    Otra particularidad es la fragilidad. No se ve en Kicillof a alguien que me puede proteger, sino a alguien que debo proteger. Como a un niño que acabo de bañar y debo cuidar que no se ensucie. Quizás propio de su militancia más feminizada.

    Es que para ciertos sectores que habitan el peronismo, Kicillof representa la esperanza de continuar un modelo progresista dentro del peronismo. Por eso se habla de “nuevas canciones” y se monta un movimiento dentro del movimiento peronista. 

    Acá vale la pena una aclaración. El progresismo como categoría política poco tiene que ver con el significado lingüístico de la palabra progreso, aunque muchos divulgadores lo quieren equiparar. Tampoco hay un vínculo con el progresismo pensado desde la ilustración de Voltaire, que apunta a la emancipación a través de la razón. Tiene un vínculo más directo con los liberales reformistas y el marxismo cultural o neomarxismo. 


    Volvamos entonces a la imagen del comienzo. Kicillof necesita emanciparse de Cristina, pero el peronismo no se hereda ni se decreta: se conduce, y se conduce articulando poderes, no acumulando atributos. La asepsia puede ser una virtud para construir un núcleo propio de adhesión, pero también es un límite: lo que no mancha tampoco convoca. La pregunta que queda abierta es si un liderazgo que se ofrece como “normal”, prolijo y sin épica puede ser, a la vez, el centro de gravedad de un movimiento nacido de la mística y la identidad. Es probable que la respuesta no dependa de sus títulos ni de su gestión, sino de si logra construir, más allá de Buenos Aires, un relato capaz de convocar a quienes hoy no encuentran en la asepsia un motivo para militar.

  • ¿Qué pasó con la militancia?

    ¿Qué pasó con la militancia?

    Milei, Cristina, Kicillof y la crisis de los partidos

    Organización, valores y afectividad en la política argentina actual

    La irrupción de Javier Milei y La Libertad Avanza, las tensas internas del peronismo en torno a las figuras de Cristina Kirchner y Axel Kicillof, y la aparición de nuevas formas de militancia configuran un escenario de transformación en la política argentina. Hace veinte años un militante repartía volantes en una esquina. Hoy puede pasar cinco horas defendiendo a un dirigente desde su cuenta de Twitter sin conocer a un solo compañero de su barrio. Pero sea en Twitter o en un local partidario, hay algo que nunca cambia: militar siempre es un acto identitario.

    Militar no consiste solamente en apoyar una lista o compartir un programa de gobierno. Quien milita incorpora una forma de interpretar la realidad, construye vínculos, adopta determinados valores y encuentra un espacio de pertenencia. En ese sentido, la militancia dice tanto sobre una persona como sus gustos musicales, su profesión o el grupo social con el que elige identificarse. Comprender esa identidad es, quizás, una de las formas más interesantes de comprender la política argentina actual: precisamente porque la militancia es una forma de identidad, entender a los militantes resulta tan importante como analizar a los propios dirigentes.

    En los próximos meses veremos a candidatos recorrer estudios de televisión, participar en debates, presentar propuestas. Sin embargo, existe un actor mucho menos visible que suele recibir bastante menos atención: el militante. Es quien conversa con su familia, con sus compañeros de trabajo y con sus vecinos. Es quien traduce las grandes consignas políticas al lenguaje cotidiano. Y muchas veces es esa conversación, más que un discurso televisivo, la que termina inclinando un voto. Es quien conoce las preocupaciones diarias de su entorno, quien sabe qué tan preocupado está por ciertos temas, qué le importa menos, y quien puede hablarle a su entorno en un lenguaje cercano.

    ¿Qué hay que mirar para comprender a un militante?

    Para responder esa pregunta no alcanza con mirar las encuestas ni los resultados electorales. Tampoco alcanza con escuchar los discursos de los dirigentes. Si queremos entender qué significa militar hoy, tenemos que mirar al propio militante. ¿Qué lo llevó a involucrarse? ¿Qué valores lo sostienen cuando las cosas salen mal? ¿Qué tipo de vínculo construye con su dirigente? ¿Cómo se relaciona con quienes piensan distinto? ¿Y qué tipo de organización hace posible esa militancia?

    Esas cinco preguntas serán el hilo conductor de toda la serie: las iremos respondiendo espacio por espacio, para ir construyendo un mapa de las distintas identidades militantes que existen hoy en la Argentina.

    No todo lo que aparezca en estos artículos tendrá el mismo carácter. Habrá momentos en los que simplemente describa un fenómeno, otros en los que intente interpretarlo, y otros en los que defienda una posición propia. Intentaré que esa diferencia sea siempre clara, para que el lector pueda distinguir cuándo estoy contando un hecho, cuándo estoy proponiendo una lectura y cuándo estoy expresando una opinión.

    El personalismo político argentino

    Antes de entrar en cada espacio, hace falta detenerse en un rasgo que va a atravesar toda la serie: el personalismo. Y no es un desvio, es la razón por la que esta serie va a analizar la militancia a partir de los referentes, y no de los partidos.

    El personalismo es uno de los rasgos más marcados y persistentes en la historia, la cultura y, sobre todo, en la política argentina. Desde el caudillismo del siglo XIX, con figuras como Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas, pasando por la democracia de masas de Hipólito Yrigoyen, hasta la consagración del modelo con el movimiento político por excelencia, el de Juan Domingo Perón: Argentina ha mostrado en la práctica política una fuerte identificación con sus líderes, por encima de las propias instituciones y las plataformas programáticas. Son muchos los porqués: tan apasionantes como nuestra propia historia, tan atractivos como el carisma de nuestros líderes y tan extensos como nuestras tristezas.

    Lo que busco explicar con esto es que el apego a la figura del líder viene inscrito en nuestro inconsciente colectivo. Por eso, hoy, ante la irrupción de un nuevo actor político, se dice casi dogmáticamente el nombre de la persona más un sufijo “-ismo”, como si esa persona estuviera generando un movimiento o una doctrina propia. Y es justamente por esto que, ante la disputa de los -ismos, tiene más sentido preguntarse por el vínculo que une a cada dirigente con su militancia activa que por la estructura formal del partido que dice representarlo. Es la clave que explica por qué esta serie va a recorrer referentes como, Milei, Cristina, Kicillof, y los que sigan. En lugar de recorrer siglas partidarias: en la Argentina, muchas veces el partido es apenas el envase de algo que se sostiene, en verdad, en el vínculo con una persona.

    ¿Qué lleva a una persona a militar en un espacio?

    El militante pocas veces se detiene a pensar qué es lo que lo une con su dirigente: simplemente lo da por lógico. La realidad es que nadie milita solamente porque crea que un programa de gobierno es correcto. Compartir ideas es una condición necesaria, pero no suficiente.

    Cuando uno habla con un militante siempre aparece el intercambio de visiones y perspectivas, pero pocas veces se habla de los vínculos reales que sostienen el acto de militar en determinado lugar. Si indagamos un poco más, a veces encontramos cuestiones biográficas y contextuales. En cuanto al contexto y al entorno, hay quienes militan en un espacio por herencia (ya vienen con esa pertenencia dentro del propio círculo familiar). Otra opción es la influencia del entorno en el que transcurren sus días, pero ahí hay un matiz: esa militancia, cuando cambia el entorno, suele terminarse o mudarse de espacio, por lo cual tampoco es el foco de este análisis.

    Lo que buscamos analizar es la conducta humana desde un esquema lógico y simplificado, para entender cómo una persona elige una opción sobre otra. Primero habría que establecer el marco de creencias del individuo: la militancia busca modelar el mapa invisible de cada persona, encender sus certezas, nombrar la realidad y afinar el cristal a través del cual contempla y comprende el mundo. Una vez establecida una visión, esta se encuentra con la realidad, y ahí operan los deseos y preferencias en la interacción con el mundo. Los espacios políticos nunca reflejan el cien por ciento del pensamiento de un individuo; por eso la persona busca, entre los espacios de representación disponibles, cuál se le asemeja más. Y luego de esa elección viene el plano de la acción: el individuo elige, dentro del conjunto de opciones disponibles, el espacio político que, dadas sus creencias, maximiza la probabilidad de obtener el resultado que más prefiere.

    Pero después de la elección viene la permanencia. Una persona permanece en un espacio político porque ocurren tres cosas al mismo tiempo. Primero, siente que ese espacio interpreta el mundo de una manera parecida a la suya: le pone palabras a cosas que ya intuía y le ofrece una explicación coherente de la realidad. Asumir una militancia es elegir un discurso: trazar una arquitectura de razones que no solo explica cómo funciona el mundo, sino que le da un orden y un sentido colectivo a la realidad. Segundo, se reconoce en determinados dirigentes cualidades que considera valiosas: no solo escucha lo que dicen, sino que confía en quiénes son, o en quiénes cree que son. La elección de un militante es el hallazgo de un espejo: convocar a un otro en quien reconocemos nuestro propio rostro, unas veces igual, otras mejorado, pero siempre unido por el mismo reflejo. Y tercero, se conmueve: hay discursos, símbolos, recuerdos, enojos y esperanzas que lo movilizan emocionalmente y le hacen sentir algo que lo empuja a la acción. Aristóteles ya lo había advertido en la Retórica: la persuasión nunca depende exclusivamente de los argumentos.

    ¿Qué significa militar hoy?

    En los próximos artículos nos adentraremos en el mapa de las fuerzas, y sobre todo de los referentes, que van a disputar el poder o marcar el compás en 2027, usando las mismas cinco preguntas para descifrar la arquitectura de identidad que propone cada espacio. El objetivo es mirar de cerca la matriz que moldea al militante: descubrir el prisma con el que aprende a interpretar la realidad, la razón con la que construye su discurso y el espejo en el que se reconoce al elegir a sus pares y a su líder.

    Cada artículo estará dedicado a un espacio político distinto, pero todos serán observados con las mismas herramientas. Así llegaremos a una pregunta final: ¿qué tienen realmente en común un militante libertario, uno kirchnerista y uno del Movimiento Derecho al Futuro? ¿Son expresiones de una misma crisis, o formas completamente distintas de entender el compromiso político? La indagación trasciende la coyuntura para tocar algo más de fondo. Tal vez la verdadera incógnita no sea quién ganará la próxima elección, sino qué tipo de ciudadano está germinando en cada trinchera política. Es posible que la mayor distancia no resida únicamente en las banderas que defienden, sino en el tipo de subjetividad que forman, el modelo de dirigente en el que se reflejan y la arquitectura de sociedad que imaginan para el futuro.

    Esta es la primera entrega de la serie “¿Qué pasó con la militancia?”

    En las próximas entregas vamos a analizar, con las mismas herramientas, las distintas formas de militancia que están disputando el escenario político argentino.

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    ¿Qué pasó con la militancia?

    Este artículo es el punto de partida de una serie en la que nos preguntamos cómo cambió la forma de hacer política y, sobre todo, cómo se construyen hoy las identidades militantes.

    En el video presentamos algunas de las herramientas que vamos a utilizar para pensar este fenómeno: desde las unidades básicas y la transformación del territorio hasta José Luis Romero, Aristóteles, la mímesis, Jon Elster, la construcción del adversario político y el papel de las redes y los comunicadores intermedios.

    ▶️ Mirá el video y acompañá el desarrollo de la serie: “¿Qué pasó con la militancia?”

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Aristóteles, Retórica. (Ver)
    • José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. (Ver)
    • John von Neumann y Oskar, Teoría de juegos y comportamiento económico. (Ver)
    • Robert E. Park, La prensa inmigrante y su contro. (Ver)
    • Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet, El pueblo elige. (Ver)