Categoría: Política

  • El Compañero del camión 

    El Compañero del camión 

    ¿Quién es Guillermo Moreno? y ¿Cuál es su trayectoria profesional?

    Guillermo Moreno cuenta con una amplia trayectoria y una identidad propia dentro del peronismo. Su figura adquirió relevancia pública durante su paso por la Secretaría de Comercio Interior (2006-2013), etapa en la que se convirtió en un personaje central del debate económico y político. Su estilo confrontativo con el empresariado le valió críticas y cuestionamientos, sintetizados en el apelativo de “el buen salvaje” utilizado por Diego Cabot y Francisco Olivera. Sin embargo, incluso sus críticos suelen reconocer un rasgo que atraviesa su trayectoria: la idea de una militancia sostenida por convicciones antes que por conveniencias personales, en donde destacan su insobornabilidad.

    Dentro de la biografía política de Guillermo Moreno y el rol que tuvo en la economía argentina, hubo un quiebre en su incidencia.

    En 2013, tras sus diferencias con el rumbo económico iniciado por Axel Kicillof, dejó la Secretaría de Comercio para asumir como agregado económico en la embajada argentina en Italia. Hoy esas mismas críticas se replicaron en gran parte de los doctrinarios como vimos en Kicillof y la asepsia. Luego de distintas etapas y reorganizaciones, decidió construir su propio espacio político: Principios y Valores. Su propuesta se presenta como un peronismo doctrinario, apoyado en los textos, las enseñanzas y las experiencias de gobierno de Juan Domingo Perón.

    A diferencia de otros dirigentes que buscan reconstruir el peronismo desde nuevas identidades o desde una renovación programática, Moreno parte de una premisa diferente: la crisis del movimiento no proviene de la falta de adaptación, sino del alejamiento de su doctrina original.

    Esta va a ser, sin duda, la parte más subjetiva de este análisis. No porque desconozca la necesidad de una mirada crítica, sino porque en este punto el objeto de estudio también es parte de mi propia experiencia política. Quien escribe no observa desde afuera: forma parte de Principios y Valores.

    Cuando alguien me pregunta quién es mi conductor, la respuesta no deja lugar a dudas: Juan Domingo Perón. Pero dentro de esa tradición, y desde mi propia mirada militante, reconozco en Guillermo Moreno al mejor de los nuestros. No como reemplazo del conductor histórico, sino como aquel que, en el presente, expresa con mayor fidelidad una forma de entender el peronismo.

    El tío Guillermo

    La mimesis que tenemos los militantes de PyV con el conductor es la del espejo, al igual que Milei con su militancia. Pero con una gran diferencia. Nuestro espejo no tiene que ver con un espejo sobre lo material, que en el caso de Milei y los suyos, es por un rol social. Nosotros con Guillermo tenemos un espejo trascendental, sentimos un fanatismo y un amor similar con la causa de Peron, sentimos un compromiso con Dios, con la patria y las familias. Amamos nuestra historia, nuestros textos y nuestra cultura, tanto como el Guille. Y también, nos importa como a él la realización de una economía peronista, y ahí, aunque con diferentes doctrinarias, también confluimos con el núcleo duro de Milei como vimos en El León y las ovejas.  

    Muchos de los militantes de PyV vemos en Guillermo a alguien cercano, un padre, un tío, un amigo, por lo cual la unión afectiva es muy intrínseca con el conductor, aunque no tengamos un contacto fluido. También, confluimos en lo salvaje de su relato. La estética del grito, del canto, las banderas, el fanatismo, la pasión, corren muy a destiempo en la actualidad. Guillermo y nosotros, su militancia, tratamos de volver a eso constantemente, no como una añoranza, sino porque creemos que el peronismo es principalmente un sentimiento. Para nosotros al peronismo se ingresa por los sentimientos, se entiende la doctrina bajo la razón y se vuelve una pasión.                       

    Mantener prendida la llama del calefón encendida

    Luego del ingreso o afianzamiento de la socialdemocracia en lo económico y el progresismo en lo cultural dentro del PJ, ocurrió una deformación en la identidad. Hoy este es un diagnóstico compartido por una parte importante del movimiento peronista, con disidencia en el inicio de la toma del movimiento.

    Un acuerdo común es que el inicio de la infiltración. Se consensuó que a partir de los setenta se quiso hacer del peronismo un marxismo nacional a través de una sustitución semántica como explicamos en este video. Aunque en ese momento esta infiltración operaba desde la periferia, pero en algún momento se hicieron hegemonía. Ahí viene la discusión, ¿cuándo se hicieron de esa hegemonía? 

    Para Moreno eso ocurre con la llegada de al ministerio de economía. Para otros el comienzo se sitúa con la relevancia de intelectuales de “carta abierta” a las decisiones de gobierno. Algunos dicen que fue con la llegada de Alberto Fernandez. 

    Sea cual sea el punto de inicio, Morenos durante todos eso años mantuvo encendida la llama del calefón. Yendo a cuanto lugar lo invitaba para hablar del peronismo y la doctrina, abriendo su espacio político haciendo formación peronista, promoviendo la visión de Perón.                              

    La heroica 

    Más allá de esta oda a Guillermo Mario Moreno, la realidad es que el espacio político de PYV no le gana a nadie. Acá hay un tema a resolver. El peronismo es un movimiento popular, no puede ser minoritario. 

    Los caminos son varios. Uno de ellos es aumentar su núcleo duro y formar cuadros propios. Otra opción, que es la que está tomando Guillermo, es sumarse a otro espacio y tratar de llevar el peronismo ahí. Esto ya lo hablamos en el artículo La conductora y la lealtad.

    Ambas cosas tienen su riesgo. 

    El armado de cuadros propios, el imponer esos cuadros en una agenda mediática, o conseguir personas con formación mediática y doctrinaria, lleva tiempo. Pero es necesario. Con la imagen de una sola persona no se gana una elección.         

    El aliarse con otros espacios políticos que no tienen tan presente la doctrina como si la rosca política, puede hacer que la rosca gane sobre los principios y valores peronistas. 

    Sea como sea, la llama del calefón ya está prendida y esperando el combustible que lo encienda. 

  • Kicillof y la asepsia 

    Kicillof y la asepsia 

    ¿Un nuevo liderazgo o los límites de la prolijidad?

    Axel Kicillof atraviesa un problema clásico: quien llega al poder de la mano de un liderazgo heredado debe, tarde o temprano, encontrar una forma de emanciparse de él. Como en la imagen freudiana de la horda primitiva, el heredero solo puede convertirse plenamente en conductor cuando deja de ocupar el lugar del hijo. Esa tensión atraviesa buena parte de la relación entre Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner.

    Pero, a diferencia de la escena imaginada por Freud, la sucesión no termina de consumarse. El “heredero natural” no consigue todavía el reconocimiento pleno de sus pares. Gobernadores, intendentes, sindicatos y dirigentes territoriales no confluyen en una mayoría capaz de construir un nuevo centro de gravedad. Desde la muerte de Perón, el poder dentro del peronismo se ha distribuido entre múltiples actores; quien logra conducir no es quien recibe una herencia, sino quien consigue articular esos poderes dispersos en una misma dirección.

    Hoy esa mayoría continúa orbitando alrededor de Cristina Fernández de Kirchner. La dificultad adicional para Kicillof es que gran parte del electorado que podría sostener su proyección política es el mismo que conserva una identificación afectiva y simbólica con Cristina. Diferenciarse sin romper con esa fuente de legitimidad constituye su principal desafío. En ese marco, algunos sectores también observan con recelo su moderado rol en la defensa pública de la liberación de Cristina, interpretando esa distancia como una falta de identificación plena con la conducción histórica.

    La desconfianza

    A estas tensiones se suman otras sospechas dentro del propio movimiento: la creación del Movimiento Derecho al Futuro como construcción autónoma. Su perfil más ligado a la economía keynesiana que a la tradición doctrinaria peronista y su persistencia en proyectarse como candidato presidencial antes de consolidar una conducción reconocida. Incluso su escasa participación en espacios de coordinación económica del peronismo fue leída por algunos dirigentes como una señal de distancia. En política, las ausencias también producen significados.

    Más allá de estas dificultades, y aunque todavía no es clara una candidatura presidencial, Kicillof ha comenzado a poner en marcha una estructura de organización militante propia a través del Movimiento Derecho al Futuro.

    La estética de los encuentros y reuniones del MDF se distancia de la liturgia peronista tradicional: espacios cerrados, ausencia de banderas, aplausos en momentos determinados y escasa presencia de los cánticos que históricamente caracterizaron a la militancia justicialista. El público que predomina en estos espacios pertenece mayoritariamente a sectores medios, con una fuerte presencia femenina, que encuentra en la figura del gobernador una identificación basada en atributos particulares: su formación académica, su trayectoria profesional, su familia y, sobre todo, una idea de honestidad personal.

    Allí aparece una clave para comprender su construcción política: la asepsia. Una forma diferente de generar adhesión frente a la épica, la mística y la identidad histórica del peronismo. Una figura que busca ser valorada más por sus cualidades personales, que por su pertenencia a una tradición política.

    Sin embargo, esa construcción todavía enfrenta una dificultad: el MDF no ha logrado consolidar una identidad militante propia y reconocible dentro del amplio universo peronista. Más allá de los dirigentes vinculados a la gestión bonaerense, la mayoría de sus referentes no poseen aún un peso nacional significativo, y para buena parte del electorado peronista no aparece con claridad cuál es la diferencia sustancial entre este espacio y la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.

    Esta indefinición también se observa en la discusión sobre el proyecto político. Mientras distintos sectores del peronismo han comenzado a organizar mesas de trabajo, encuentros y espacios de debate orientados a definir un programa de gobierno, el MDF parece sostener una lógica más cercana a “ganemos despues vemos”. Ante la pregunta por el modelo de país que propone, la respuesta suele encontrar su referencia en la experiencia de la provincia de Buenos Aires proyectada a nivel nacional.

    Ahí aparece una particularidad de su construcción: el principal argumento de legitimidad no parece estar colocado en una nueva doctrina o en una reorganización del movimiento, sino en la extensión de una experiencia concreta de gestión. La pregunta que queda abierta es si esa referencia alcanza para construir una identidad política nacional o si, por el contrario, requiere todavía de una narrativa más amplia capaz de convocar más allá del territorio bonaerense.

    La asepsia como política de estado

    Dentro de los militantes del MDF se suele destacar los títulos que posee Kicillof, su familia bien estructurada  y su educación para hablar. No es raro escuchar decir a sus militantes, queremos un presidente normal. Otra de las virtudes que se le atribuye a Kicillof es el no poseer causas judiciales, algo que es tomado por algunos sectores del cristinismo como una chicana directa hacia su conductora. En síntesis, lo que destacan sus militantes es su asepsia. 

    Este nivel de asepsia y sobriedad es lo que también llevó a preguntarse a gran parte del público politizado si realmente el 19 de Septiembre Kicillof lanzó su candidatura. Mientras que para el público despolitizado pasó desapercibido. 

    En cuanto al plano sentimental, Kicillof rompe con la lógica del género. Esa que dice que las mujeres llamamos más la atención por nuestra estética, mientras que los hombres llaman más la atención por su agudeza. En el caso del militante del MDF, construido por una mayoritaria presencia femenina, los sentimientos son mayormente construidos por la estética del candidato. En donde se destaca más sus ojos claros, que su oratoria, por ejemplo. 

    Otra particularidad es la fragilidad. No se ve en Kicillof a alguien que me puede proteger, sino a alguien que debo proteger. Como a un niño que acabo de bañar y debo cuidar que no se ensucie. Quizás propio de su militancia más feminizada.

    Es que para ciertos sectores que habitan el peronismo, Kicillof representa la esperanza de continuar un modelo progresista dentro del peronismo. Por eso se habla de “nuevas canciones” y se monta un movimiento dentro del movimiento peronista. 

    Acá vale la pena una aclaración. El progresismo como categoría política poco tiene que ver con el significado lingüístico de la palabra progreso, aunque muchos divulgadores lo quieren equiparar. Tampoco hay un vínculo con el progresismo pensado desde la ilustración de Voltaire, que apunta a la emancipación a través de la razón. Tiene un vínculo más directo con los liberales reformistas y el marxismo cultural o neomarxismo. 


    Volvamos entonces a la imagen del comienzo. Kicillof necesita emanciparse de Cristina, pero el peronismo no se hereda ni se decreta: se conduce, y se conduce articulando poderes, no acumulando atributos. La asepsia puede ser una virtud para construir un núcleo propio de adhesión, pero también es un límite: lo que no mancha tampoco convoca. La pregunta que queda abierta es si un liderazgo que se ofrece como “normal”, prolijo y sin épica puede ser, a la vez, el centro de gravedad de un movimiento nacido de la mística y la identidad. Es probable que la respuesta no dependa de sus títulos ni de su gestión, sino de si logra construir, más allá de Buenos Aires, un relato capaz de convocar a quienes hoy no encuentran en la asepsia un motivo para militar.

  • ¿Qué significa Nada sin Perón?

    ¿Qué significa Nada sin Perón?

    “Nada sin Perón” parece una frase simple: una proposición que cualquiera entiende sin explicación. Sin embargo, condensa décadas de disputa política dentro del movimiento nacional. Fue una respuesta a la proscripción, un arma contra quienes pretendían construir un peronismo sin su líder, una forma de ordenar la autoridad y también un recurso de identidad que sigue en uso. Para entenderla hay que empezar donde empieza la historia: cuando el peronismo dejó de gobernar y pasó a existir como resistencia.

    La resistencia peronista

    Tras el golpe de septiembre de 1955, la autodenominada Revolución Libertadora no se limitó a desplazar al gobierno. Intentó desperonizar la sociedad. El decreto-ley 4161 de 1956 prohibió nombrar a Perón y a Evita, exhibir imágenes, símbolos y escudos partidarios, entonar la marcha y hasta pronunciar la palabra “peronismo”. Se persiguió a dirigentes, se intervino la CGT y se encarceló a miles de militantes. En junio de 1956, el levantamiento del general Valle terminó en fusilamientos en cuarteles y en el basural de José León Suárez, episodio que Rodolfo Walsh reconstruyó en Operación Masacre.

    La prohibición produjo un efecto paradójico: convirtió el nombre proscripto en una identidad de contraseña. Los trabajadores que habían ganado derechos entre 1946 y 1955 los defendieron en las fábricas, en los sindicatos y en los barrios. La resistencia peronista fue eso: sabotajes, huelgas, comandos, caños, pintadas, circulación clandestina de cartas y casetes, pero sobre todo una cultura de lealtad cotidiana. Daniel James subrayó que esa resistencia no fue solo una gesta heroica de unos pocos, sino la forma en que la clase trabajadora sostuvo su experiencia de dignidad bajo condiciones adversas.

    En ese clima nacieron fórmulas como “Perón vuelve” y, algo después, “Luche y vuelve”. Eran consignas que prometían un futuro y sostenían una ausencia: Perón, exiliado en Paraguay, Panamá, Venezuela, la República Dominicana y finalmente España, era a la vez inalcanzable y omnipresente. El exilio le dio un carácter casi trascendente: un líder que no está pero que ordena. Desde allí dirigía a la militancia a través de delegados como John William Cooke, cuya correspondencia con Perón muestra a un jefe que quería conservar el mando sobre un movimiento atravesado por internas.

    El problema nació de esa ecuación. Si Perón era el único vínculo entre las bases dispersas y el proyecto, todo el movimiento dependía de su palabra. Y la proscripción obligaba a decidir qué hacer en el presente: votar en blanco, pactar con Frondizi (como ocurrió en 1958), presentarse bajo otros nombres, negociar con los gobiernos de turno. De esa tensión surgió el neoperonismo.

    Antecedentes: Augusto Timoteo Vandor y el neoperonismo

    Se llama “neoperonismo” a las corrientes que, después de 1955, intentaron darle al peronismo un formato electoral y político viable sin la presencia de Perón y, en muchos casos, con cierta autonomía respecto de él. El neoperonismo sindical, que encontró su figura central en Augusto Timoteo Vandor, líder de la Unión Obrera Metalúrgica.

    Vandor construyó desde fines de los cincuenta un poder gremial formidable. Su método fue el de “golpear para negociar”: medidas de fuerza calculadas para obtener concesiones, interlocución con gobiernos de distinto signo, consolidación de un aparato sindical poderoso. Esa estrategia lo llevó a un lugar ambiguo. Para sus críticos, aspiraba a un “peronismo sin Perón”, es decir, a heredar el liderazgo y establecer una conducción local con capacidad de decisión propia. Se le atribuye una frase que resume la lógica: “Para salvar a Perón hay que estar contra Perón”.

    Sea o no literal la formulación, expresa el núcleo del vandorismo: la idea de que la supervivencia del movimiento exigía ocuparse de su realidad política concreta, aunque eso implicara desobedecer o relativizar las órdenes del exilio.

    El conflicto estalló entre 1964 y 1966. Perón intentó volver en diciembre de 1964 con el “Operativo Retorno”, frustrado en Río de Janeiro. En 1965, el peronismo con candidatos propios ganó elecciones legislativas, y Perón envió a Isabel a la Argentina para disciplinar a las estructuras locales. En las elecciones de Mendoza de 1966 se midieron los sectores leales a Perón y los vandoristas, en una disputa que dejó en claro que el movimiento tenía dos centros de poder en tensión: el líder en el exilio y la dirigencia sindical con presencia territorial.

    Vandor fue asesinado en junio de 1969 en la sede de la UOM, y su muerte no cerró la discusión sino que la reconfiguró.

    Este es el antecedente decisivo: “Nada sin Perón” solo se vuelve necesaria cuando alguien sostiene que se puede hacer algo sin Perón. La frase es la contracara de esa aspiración.

    José Ignacio Rucci y “Nada sin Perón”

    Si Vandor representa la autonomía sindical, José Ignacio Rucci encarna la lealtad como forma de poder. Dirigente metalúrgico, Rucci llegó a la secretaría general de la CGT en 1970 y se transformó en el principal vocero del sindicalismo peronista ortodoxo en los años del retorno.

    Su figura se asocia a la defensa de la conducción de Perón frente a la irrupción de las organizaciones armadas y de la Juventud Peronista, y al respaldo al Pacto Social de 1973, el acuerdo entre sindicatos, empresarios y Estado que Perón impulsó al volver al gobierno.

    La asociación entre Rucci y la fórmula “Nada sin Perón” es muy fuerte en la memoria política, y expresa bien su posición: el movimiento obrero organizado como columna vertebral, y Perón como única autoridad capaz de arbitrar.

    Conviene, sin embargo, ser prudentes. La atribución precisa de la frase a Rucci, en un discurso, un acto o un documento determinado, suele circular más por tradición oral y militante que por fuentes verificadas. Lo que sí está bien documentado es la posición política que la frase resume y que Rucci sostuvo: la subordinación explícita a la conducción de Perón como principio ordenador. Quien quiera citarla con fecha y circunstancia debería rastrear los discursos y los diarios de la época.

    Rucci fue asesinado el 25 de septiembre de 1973, dos días después de que Perón ganara las elecciones con más del 60% de los votos. Se atribuye el hecho a Montoneros, que no lo reivindicó públicamente. El crimen mostró hasta qué punto la consigna había dejado de ser un recurso retórico: en el peronismo de los setenta, definirse frente a Perón podía costar la vida.

    Relación con otras fórmulas de la tradición peronista

    “Nada sin Perón” pertenece a una familia de consignas breves, imperativas y fáciles de repetir, que el peronismo produjo desde el principio. Pueden agruparse según lo que hacen con la figura del líder.

    Hay fórmulas de gestión y reciprocidad, propias del primer peronismo en el poder. “Perón cumple, Evita dignifica” resume el pacto entre el Estado y el pueblo: Perón cumple con las conquistas sociales y Evita dignifica, es decir, da reconocimiento a los antes desatendidos. Mariano Plotkin estudió cómo esa propaganda construyó una liturgia política. Aquí la frase describe una relación de dar y recibir.

    Hay fórmulas de antagonismo y alineamiento, como “Braden o Perón” (1945-46) o “Perón o muerte”, cuyo análisis discursivo hicieron Silvia Sigal y Eliseo Verón en un libro clásico. Ordenan el mundo en dos campos y obligan a elegir.

    Hay fórmulas de ausencia y promesa, las de la resistencia: “Perón vuelve” y “Luche y vuelve”. Convierten la espera en acción política y le dan sentido al sacrificio presente.

    Y hay fórmulas de centralidad e indelegabilidad, donde “Nada sin Perón” encuentra su lugar junto a variantes del tipo “Con Perón todo, sin Perón nada”. Su función es fijar el punto de autoridad: quien quiera hablar en nombre del movimiento tiene que pasar por el líder.

    La diferencia con “Perón cumple, Evita dignifica” es instructiva. Aquella era una descripción celebratoria hecha desde el poder; esta es una demanda hecha desde la disputa. La primera afirma que algo ocurre; la segunda establece una condición. No se trata de dos momentos del mismo tono, sino de dos funciones políticas distintas.

    Por qué la frase funciona como consigna y no solo como descripción

    Una descripción puede ser verdadera o falsa. “Nada sin Perón” no está hecha para eso. Si fuera una descripción, bastaría un contraejemplo para refutarla: de hecho, se hicieron muchas cosas sin Perón entre 1955 y 1973, empezando por sostener las fábricas, los sindicatos y la vida política del movimiento. La frase no pretende informar sobre lo que pasó, sino decidir lo que debe pasar.

    Su eficacia depende de varios rasgos.

    Es performativa. En el sentido de J. L. Austin, no constata un hecho: realiza una acción. Al decirla, quien habla traza una frontera, define quién está adentro y quién afuera, y reclama autoridad para hacerlo. Pronunciarla es tomar posición en una pelea.

    Es negativa y exclusiva. La estructura “nada sin” no dice qué hay que hacer, sino qué no se puede hacer. Funciona como un veto. Su contenido político es la prohibición de la autonomía: nadie puede ejercer representación del movimiento al margen del líder.

    Es polisémica. Como la usan sectores distintos, admite lecturas incompatibles. Puede significar obediencia a la persona, fidelidad a una doctrina, defensa de las conquistas sociales o reivindicación de la organización sindical. Esa vaguedad, que desde cierto enfoque teórico, como el de Ernesto Laclau, puede pensarse como la de un significante cuya amplitud permite reunir demandas diversas, es lo que la vuelve útil. Cada uno completa el “Perón” a su manera.

    Es breve y coreable. Tres palabras, ritmo marcado, fácil de pintar en una pared o gritar en una plaza. La consigna política vive en la oralidad, en el graffiti, en la bandera.

    Es disputada. Todos pueden repetirla, pero no todos están de acuerdo en quién tiene derecho a interpretarla. En los setenta, Rucci y la ortodoxia sindical, los Montoneros, la derecha peronista y el propio Perón podían decirla con sentidos opuestos. La consigna es, en este sentido, un terreno de lucha por la herencia.

    Cómo se usa actualmente “Nada sin Perón”

    Con Perón muerto desde 1974, la frase cambió de sentido. Ya no puede ser un reclamo de obediencia a una persona viva. Pasó a ser una declaración de pertenencia a una tradición y, a menudo, un criterio de legitimidad dentro del campo peronista.

    En el uso contemporáneo se pueden distinguir algunos registros, que conviene tomar como tendencias generales y no como un relevamiento exhaustivo:

    • Identitario. Se usa en actos, banderas, redes sociales y nombres de agrupaciones para marcar el vínculo con el peronismo histórico y distinguirse de otras identidades políticas.
    • Doctrinario. Quienes la invocan como ortodoxos la emplean para reclamar fidelidad a las 20 verdades y a la doctrina, frente a lo que consideran desvíos o modas.
    • Sindical. Parte del movimiento obrero organizado la reivindica como defensa de su lugar histórico dentro del movimiento.
    • Polémico. Funciona como cuestionamiento a dirigentes o espacios a los que se acusa de abandonar los principios peronistas o de hablar en nombre del movimiento sin derecho a hacerlo.
    • Digital. Circula como hashtag, nombre de medios, blogs y canales de contenido político, donde actúa como marca de identidad más que como orden, como es nuestro caso. (Visita nuestro sitio)

    El deslizamiento es notable: la frase que nació para impedir que alguien ocupara el lugar de Perón ahora se usa para ocupar simbólicamente ese lugar. Como Perón ya no está, “Perón” funciona como un nombre para un conjunto de valores, y la disputa se desplaza hacia quién define cuáles son. Esa disputa por la interpretación es lo que mantiene viva la fórmula.

    Conclusión

    “Nada sin Perón” significa, en primer lugar, que el peronismo se pensó a sí mismo como un movimiento con un centro. Pero su historia muestra que ese centro nunca fue evidente: tuvo que ser defendido frente al neoperonismo, frente a la burocracia sindical autónoma y, más tarde, frente a las disputas entre las propuestas de nuevas canciones y nuestra tradición. La frase no registra una unidad ya existente; la reclama. Por eso es una consigna y no una descripción, y por eso sobrevivió a la muerte de aquel a quien nombra: porque lo que está en juego en cada uso no es el pasado de Perón, sino quién puede hablar hoy en nombre del peronismo.

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    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Decreto-ley 4161/56 Boletín Oficial de la República Argentina. (Ver)
    • Perón, J. Cooke, J. Correspondencia Perón-Cooke. (Ver)
    • Walsh, R. Operación Masacre. (Ver)
    • Walsh, R. ¿Quién mató a Rosendo? (Ver)
    • James, D. Resistencia e integración: el peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976. (Ver)
    • Melón Pirro, J. C. El peronismo después del peronismo: resistencia, sindicalismo y política luego del 55. (Ver)
    • Sigal, S. y Verón, E. Perón o muerte: los fundamentos discursivos del fenómeno peronista. (Ver)
    • Austin, J. L. Cómo hacer cosas con palabras. (Ver)
    • Laclau, E. La razón populista. (Ver)

  • La Conductora y la lealtad

    La Conductora y la lealtad

    El liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner ha demostrado una capacidad de permanencia poco frecuente en la política argentina, aunque atravesado por los vaivenes propios de cada ciclo. Su irrupción estuvo estrechamente ligada al proceso iniciado por Néstor Kirchner en 2003, pero con el tiempo construyó una identidad y un liderazgo propios hasta convertirse en una de las principales figuras de la política nacional.

    Desde la campaña presidencial del pingüino y la pingüina en 2007 ocupó un lugar central en el debate público, concentrando adhesiones y rechazos con una intensidad difícil de encontrar en otros dirigentes. La enorme cantidad de apelativos con los que fue nombrada por seguidores y detractores, la Jefa, CFK, la Conductora, la nueva abanderada de los humildes, la Presidenta, pero también la yegua, la condenada, la jefa de la banda, Kretina o Porota, revela un rasgo distintivo: Cristina puede despertar amores y odios con la misma fuerza, pero nunca puede ser ignorada

    Su liderazgo se consolidó progresivamente a partir de sus decisiones de gobierno, su capacidad discursiva, pero sobre todo en la construcción de una identidad política propia. Uno de sus momentos más simbólicos fue el 9 de diciembre de 2015, cuando una Plaza de Mayo colmada la despidió entre abrazos y lágrimas, mostrando que, aun dejando el gobierno, conservaba un vínculo afectivo extraordinario con una parte importante de su militancia.

    Nada sin Cristina

    Si hubiera que resumir ese vínculo en una sola palabra, sería lealtad. No se trata únicamente de una adhesión electoral, sino de una identificación capaz de atravesar derrotas, crisis económicas, cambios de gobierno, causas judiciales y períodos de repliegue. Mientras otros liderazgos dependen de la expectativa de éxito o del ejercicio del poder, el de Cristina logró conservar uno de los núcleos militantes más amplios y persistentes de la política argentina.

    Esa lealtad trasciende la racionalidad instrumental. Para muchos de sus seguidores, defender a Cristina implica defender una historia compartida, una identidad política y un determinado proyecto de país. Allí reside una de las claves de la perdurabilidad de su liderazgo: más que una dirigente, Cristina se convirtió en un símbolo de pertenencia para una parte significativa del peronismo. La intensidad de esa identificación fue tal que durante años el lenguaje político distinguió entre kirchnerismo y peronismo, aunque ambos terminaron reencontrándose en una misma tradición, con sus símbolos, sus lealtades y también sus adversarios históricos.

    La mímesis construida en torno a Cristina también posee características particulares. El militante, en términos generales, no la percibe como una igual, sino como una figura excepcional que encarna cualidades que exceden las propias: inteligencia, capacidad estratégica, fortaleza, oratoria, sensibilidad política y vocación de conducción.

    La identificación no surge del “yo podría ser ella”, sino del reconocimiento de un ideal político. Cristina aparece como un horizonte de excelencia antes que como un espejo. Su autoridad no proviene de parecerse a quienes la siguen, sino de representar, para ellos, una síntesis de virtudes que legitiman la conducción y alimentan la lealtad.

    Sin embargo, la permanencia también tiene un costo. Ningún liderazgo atraviesa más de dos décadas sin que el paso del tiempo transforme el vínculo con su militancia. Aquellos jóvenes que encontraron en Cristina un horizonte político durante la primera década kirchnerista hoy son adultos que atravesaron innumerables conflictos, movilizaciones, derrotas, disputas con el poder económico y mediático, causas judiciales, un intento de magnicidio y una prolongada sucesión de batallas políticas.

    No se trata de una pérdida de lealtad, sino de una transformación de los ánimos. La épica de la conquista cedió lugar a la perseverancia; el entusiasmo juvenil fue reemplazado por la convicción de sostener una causa aun en la adversidad. La militancia continúa, pero con otro ritmo, otra edad y otra experiencia. Cristina conserva una enorme capacidad de convocatoria y un profundo respeto dentro de su núcleo militante, aunque su figura ha adquirido un carácter cada vez más contemplativo. La Conductora permanece; lo que cambió fue el estado de ánimo de quienes la siguen.

    La reina de corazones

    El militante de Cristina valora una visión humanista de la política: un liderazgo de los sentimientos, con un fuerte componente maternalista, que cuida, protege y también reprende. Esa conducción se sostiene en códigos compartidos que no son tácitos del todo, pero que tampoco necesitan explicarse. Funcionan como un idioma común, y su intensidad es directamente proporcional al grado de identificación: cuanto mayor es el fanatismo, más fuerte es el código. Y a la inversa, a menor cercanía, menos se lo comparte.

    Quienes llevan más tiempo en el espacio sienten que entienden lo que ella hace o quiere aunque no haya una comunicación explícita. Un gesto, un silencio o una cita alcanzan para orientar una lectura. Ese saber, que se construyó con los años y las batallas, funciona como una forma de pertenencia: entender a Cristina sin que lo diga es parte de ser cristinista. Entre quienes se sienten más lejos, esa traducción se debilita y el mensaje se vuelve ambiguo, o directamente no llega.

    Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de su liderazgo: Cristina rara vez se comunica, y esa escasez es una de sus estrategias de comunicación más eficaces. Cada aparición se vuelve un acontecimiento y cada palabra se pesa. Cada anuncio es seguido minuciosamente tanto por seguidores como por detractores, que buscan en él una señal, una dirección o una amenaza.

    El ejemplo más claro es el de mayo de 2019. En un video breve, publicado en sus redes, anunció que Alberto Fernández encabezaría la fórmula presidencial y que ella iría como candidata a vicepresidenta (Ver video) No hubo acto, conferencia ni filtraciones previas. Fueron pocos minutos de video, y alcanzaron para reordenar por completo el tablero opositor, desconcertar a propios y ajenos y marcar la agenda de los meses siguientes.

    Mientras la mayoría de los dirigentes compite por ocupar el escenario, ella demostró que puede ordenarlo con una sola intervención. El silencio, en su caso, no es ausencia sino administración de la atención.

    Pero esa estrategia tiene un límite. Los códigos que sostienen la lealtad de los más cercanos no alcanzan para convocar a los demás. Lo que funciona como lenguaje común para el núcleo duro puede resultar opaco para quien llegó después, o para quien se fue. Y ahí el silencio, que ordena a los propios, deja a los de afuera sin una puerta de entrada.

    ¿Kirchneristas o peronistas?

    Como ya planteamos al comienzo de la serie (Ver), uno de los desafíos más importantes de cara a las elecciones de 2027 es afianzar el núcleo duro de la militancia. En el caso de Cristina, eso supone dos tareas. La primera es volver a levantar los ánimos de una militancia fatigada, para que pueda comunicar con entusiasmo la visión de su espacio.

    Un militante desanimado no persuade a nadie: quien sostiene una causa por inercia difícilmente la contagie. La segunda es reconquistar a quienes en algún momento formaron parte del espacio y con los años se fueron alejando, sea por desencanto, por cansancio o por diferencias con la conducción. No se trata de convencer a un adversario, sino de reabrir la puerta a quien alguna vez estuvo adentro.

    Otro de los grandes temas para el espacio de CFK es unir kirchnerismo y peronismo en una sola síntesis. La distinción nació por una necesidad histórica: diferenciar el proceso iniciado por Néstor Kirchner del peronismo de Carlos Menem. Esa frontera lingüística tuvo sentido en su momento, pero hoy necesita ser superada. Lo que ayer servía para marcar una identidad hoy puede resultar una fragmentación innecesaria frente a un adversario común.

    La llegada de Milei agrega una exigencia que va más allá de la representación tradicional de un liderazgo. Su gobierno propone una discusión en el plano doctrinal, económico y geopolítico (Ver artículo sobre Milei), con un marco de ideas que se presenta como completo y que disputa el sentido de época. Allí el kirchnerismo muestra una carencia: su fortaleza estuvo siempre en la épica, en la gestión y en el vínculo afectivo, más que en un cuerpo doctrinario propio. El peronismo, en cambio, cuenta con una amplia tradición, con autores, textos e intelectuales que durante décadas pensaron la comunidad organizada, la soberanía política y la justicia social.

    Por eso el espacio de Cristina debe retomar la doctrina. Eso no significa abandonar el plano de los sentimientos, que es su mayor activo, sino darle un fundamento. Hasta ahora la visión de conjunto se completaba con afecto, con lealtad y con códigos compartidos. Frente a un adversario que discute ideas, eso ya no alcanza: hace falta una doctrina que traduzca la identidad en proyecto, para que la pertenencia sea también una explicación del país que se quiere construir.

    Todo vuelve, entonces, a la lealtad. Es el capital más valioso de Cristina y también su desafío más grande. Una lealtad que atravesó derrotas, causas judiciales y años de repliegue no necesita ser inventada, pero sí ser canalizada. Si se queda en el plano del afecto y del código compartido, corre el riesgo de volverse contemplativa, un homenaje a una historia en lugar de un motor para la que viene. Si se la acompaña con doctrina, con una síntesis que reúna a kirchneristas y peronistas y con una palabra capaz de llegar también a quienes no comparten el idioma del núcleo duro, esa misma lealtad puede transformarse en la base de una nueva etapa. La Conductora permanece; la pregunta de cara a 2027 es qué hará su espacio con todo lo que esa permanencia le dejó.

    Mira el video que complementa el articulo

    Esta es la tercera entrega de la serie “¿Qué pasó con la militancia?”

    En las próximas entregas vamos a seguir analizando, con las mismas herramientas, las distintas formas de militancia que están disputando el escenario político argentino.

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    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Aristóteles, Retórica. (Ver)
    • José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. (Ver)
    • John von Neumann y Oskar, Teoría de juegos y comportamiento económico. (Ver)
    • Robert E. Park, La prensa inmigrante y su contro. (Ver)
    • Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet, El pueblo elige. (Ver)
  • ¿ Qué significa boludo?

    ¿ Qué significa boludo?

    boludo, da (Der. de bola, en ref. anatómica masculina + sufijo -udo).

    1. adj. y sust. coloq. y pop. Persona torpe, tonta, necia o ingenua. Según la entonación y el contexto, varía desde una crítica leve hasta un insulto formal.

    Ejemplo: ¡Qué boludo! Dejé las llaves adentro del auto.

    2. sust. coloq. y pop. Vocativo de trato informal y cotidiano entre amigos o personas de confianza. Se utiliza como muletilla para llamar la atención o enfatizar una idea, careciendo de carga ofensiva.

    Ejemplo: Boludo, no sabés la película que vi anoche.

    3. adj. coloq. Dicho de una tarea, asunto o examen: sumamente fácil, sencillo o sin complicación.

    Ejemplo: El trámite era re boludo, lo terminé en cinco minutos


    Categoría: argentinismo
    Origen: Derivado peyorativo de bola (en referencia a los testículos)
    Registro: coloquial
    Uso: Argentina; documentado con otros sentidos en distintos países hispanoamericanos.
    Sinónimos: Pelotudo, gil, nabo, salame, pavote, zonzo, tarado
    Antónimo: Piola, vivo, avispado, despierto, astuto, pillo


    Ahora explicado en argento

    Boludo o boluda no se usa para descansar, bueno, a veces si. Cucha, la posta es que depende quien y como te lo tira.

    Ponele estas chamullando con un gomia y te dice:

    ¡Boludo, no sabes lo que me paso!

    ¡Tu compa no te va a descansar! ¿cazas?

    Ahora, ponele que estas bardiandote con un vago y te dice:

    Sos un boludo.

    Ahí se pudre el rancho.

    También podes estar chapoceando para hacerte un mango y que te pregunte ¿Sabés hacer esto?. Entonces, vos le bolaceas:

    ¡Si, más vale! Es una boludez

    Vos no sabes un joraca, pero le decis que la haces de taquito.


    El uso del boludo en la cultura nacional

    En la música argentina y rioplatense, la palabra boludo (o boluda) aparece en títulos y letras con distintos matices: desde el humor y la crítica social hasta el uso cotidiano como muletilla o apelativo informal.

    Facundo Cabral – Cuidado con los Boludos

    Mi abuela decía -Habría que acabar con los uniformes que le dan autoridad a cualquiera, porque ¿Qué es un general desnudo? – Tenía derecho a hablar de esto porque ella estuvo casada con un Coronel. Que eso si había que reconocerlo era un hombre muy valiente. Solamente le tenía miedo a los boludos.

    Un día le pregunte ¿Por qué? y me dijo – Porque son muchos, ¡no hay forma de cubrir semejante frente! Por temprano que te levantes, a donde vayas, ¡ya está lleno de boludos! y son peligrosos, porque al ser mayoría eligen hasta el presidente.

    Escuchalo completo acá

    El texto comienza cuestionando las jerarquías y las apariencias. Al desnudar simbólicamente a una figura de autoridad (un general), Cabral señala que las instituciones, los cargos y los uniformes a menudo le otorgan poder a personas que, sin esa vestimenta, carecen de atributos reales. Contrapone el verdadero valor personal (representado por el coronel) con la investidura vacía.

    En este contexto, la palabra boludo deja de ser un simple insulto coloquial o una muletilla afectuosa y pasa a definir una categoría sociocultural: la persona acrítica, manipulable, uniforme e inconsciente de sus propios actos. El “boludo” para Cabral representa la masa que actúa por inercia sin cuestionar la realidad.

    Cabral recurre a la jerga militar (no hay forma de cubrir semejante frente) para generar un contraste irónico: un soldado valiente no le teme al enemigo armado en el campo de batalla, pero le teme a la necedad omnipresente.

    El cierre del fragmento (al ser mayoría eligen hasta el presidente) eleva el monólogo de una anécdota cómica a un diagnóstico sociopolítico: desplaza la culpa de los políticos hacia la sociedad que los vota, sugiriendo que los gobernantes son solo el reflejo del nivel de conciencia colectiva.

    Roberto Fontanarrosa – La mesa de los galanes

    —En cualquier momento llama el jefe —calculó, arqueando la ceja—, y ahí cagamos…
    Como si lo hubiese convocado, un repicar electrónico se escuchó desde el bolsón de cuero de la Rinaudo. Los tres pegaron un respingo.
    —El celular —dijo Alcira, desorbitada y atragantándose con el humo del cigarrillo—. ¿Qué hago?
    —Atendé vos —Santisteban señaló a Echenaussi.
    —No, no, boludo —Echenaussi se echó hacia atrás en su silla y negó con la cabeza.

    Fontanarrosa retrata la culpa o la paranoia laboral mediante lenguaje corporal exagerado y vívido: el “respingo” simultáneo de los tres, Alcira “desorbitada” y “atragantándose” con el cigarrillo, y Echenaussi echándose físicamente hacia atrás para alejarse del peligro.

    El diálogo captura con exactitud el ritmo del habla rioplatense en momentos de apuro: frases cortas, interrupciones, el voseo (atendé vos) y el uso de la mala palabra cotidiana (cagamos).

    Significado y función de la palabra boludo

    En este pasaje, la palabra no funciona en absoluto como un insulto ni como una agresión. Su uso cumple tres funciones lingüísticas y expresivas muy precisas:

    1. Echenaussi apela a Santisteban desde la absoluta horizontalidad (de compañero a compañero de trinchera). Equivale a un “che“, “hermano” o “amigo”.
    2. La frase “No, no, boludo” debe traducirse pragmáticamente como: “¡Ni en pedo!, ¡qué decís!, ¡estás loco si pensás que voy a atender yo!”. La palabra refuerza la negativa de Echenaussi a agarrar una “papa caliente” (atender al jefe).
    3. Funciona como un fusible lingüístico. En medio del sobresalto por el timbre del teléfono, el término reestablece el código de confianza de la charla informal, mostrando que, aun en el susto, la dinámica entre los personajes es de camaradería cotidiana.

    Los dos fragmentos analizados, aunque separados por el género (el monólogo reflexivo de Cabral y el diálogo narrativo de Fontanarrosa), demuestran la extraordinaria elasticidad semántica de una misma palabra dentro del habla rioplatense.

    Por un lado, Cabral utiliza “boludo” en su acepción más dura y sociológica: como sustantivo que define una categoría de sujeto pasivo, acrítico y funcional al poder. Ahí la palabra pesa, condena y diagnostica; es la mirada del que observa a la masa desde afuera para explicar por qué las cosas funcionan como funcionan.

    Por el otro, Fontanarrosa recupera la cara amable y cotidiana del término: el “boludo” como vocativo de máxima confianza, un cimiento del código verbal entre pares que no ofende sino que, por el contrario, confirma el vínculo. Ahí la palabra no pesa, alivia; es la descarga de tensión entre quienes comparten una misma “trinchera” sea esta el fútbol, el trabajo o el bar.

    Esta doble cara no es una contradicción, sino la prueba de que en el español rioplatense el significado de estas palabras nunca reside en el diccionario, sino enteramente en el vínculo y el contexto que las enmarca. Un mismo término puede funcionar como bisturí de crítica social o como argamasa de la amistad, dependiendo de si se pronuncia para señalar a la masa anónima o para llamar, con cariño, a quien tenemos al lado. En esa ambigüedad, tan difícil de traducir a otras lenguas, reside buena parte de la identidad conversacional argentina: la ironía y el afecto conviviendo en la misma palabra.


    Evolución del término

    La historia de “boludo” muestra uno de los fenómenos más interesantes del habla argentina: una palabra originalmente insultante puede conservar su sentido peyorativo y, al mismo tiempo, transformarse en una forma de trato cotidiano entre personas que comparten confianza.

    Su formación se relaciona generalmente con “bola” y el sufijo “-udo”, utilizado en español para formar adjetivos que indican abundancia o posesión de aquello expresado por la raíz. Sin embargo, el origen exacto del valor insultante de “boludo” no está completamente establecido. Existe una explicación tradicional que lo vincula con las boleadoras utilizadas por los gauchos y soldados rioplatenses: según esta interpretación, quienes las llevaban podían ser considerados torpes o lentos en determinadas circunstancias. También se ha propuesto una relación metafórica con los genitales masculinos, presente en numerosas lenguas en la formación de insultos relacionados con la estupidez. Estas explicaciones deben considerarse hipótesis etimológicas y no hechos definitivamente demostrados.

    Lo que sí puede observarse con claridad es la evolución semántica del término. En el español rioplatense, “boludo” se consolidó como una manera de calificar a una persona considerada necia, tonta, ingenua, torpe o poco despierta. El Diccionario del habla de los argentinos de la Academia Argentina de Letras registra precisamente el sentido de “necio, tonto”, mientras que el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española lo define, para Argentina, como referido a una persona “indolente, que tiene pocas luces o que obra como tal”.

    A partir de este sentido aparece una amplia familia de palabras: boludez, para designar un dicho, acción o asunto considerado propio de alguien poco inteligente; y boludear, que en Argentina puede significar perder el tiempo, hacer cosas sin importancia o decir y hacer tonterías. Es decir, la palabra dejó de funcionar solamente como calificativo de una persona y pasó a generar un conjunto productivo de expresiones dentro del habla cotidiana.

    Pero la transformación más significativa ocurrió durante el siglo XX y, especialmente, hacia las últimas décadas. “Boludo” comenzó a utilizarse cada vez más como vocativo entre personas con cierto grado de confianza. En expresiones como “¿Qué hacés, boludo?” o “Che, boluda”, la palabra puede perder buena parte de su significado literal. Ya no necesariamente afirma que el interlocutor sea tonto: funciona como una forma de llamarlo, equivalente en determinados contextos a “amigo”, “compañero” o simplemente “vos”.

    El Diccionario de americanismos registra específicamente este uso argentino y juvenil: “boludo” puede emplearse como fórmula para dirigirse a un amigo. La misma obra recoge también la expresión “¡qué boludo!”, que puede expresar lamentación ante algo que podría haberse evitado.

    Este proceso puede entenderse como una resemantización: una palabra conserva su forma pero modifica, amplía o desplaza su valor según la situación comunicativa. “Boludo” puede ser un insulto, una expresión de reproche, una manifestación de sorpresa, una forma de autocrítica o un vocativo afectivo. El significado depende en gran medida de la entonación, la relación entre los hablantes y el contexto.

    Por eso, decir “sos un boludo” y decir “che, boludo, ¿todo bien?” no producen necesariamente el mismo efecto. En el primer caso puede existir una evaluación negativa de la conducta del interlocutor; en el segundo, la palabra puede funcionar prácticamente como una marca de familiaridad.

    La expansión de este último uso contribuyó a que “boludo” dejara de ser exclusivamente una palabra considerada vulgar y pasara a ocupar un lugar muy visible en la representación internacional del habla argentina. En 2014, la Academia Argentina de Letras destacó que “boludo” había sido incorporado al Diccionario de la lengua española, junto con otros argentinismos como “banca”, “fiaca” y “trucho”.

    La evolución no terminó allí. Como sucede con muchas expresiones coloquiales, la palabra continúa generando nuevas formas y combinaciones. “Boludear”, “boludez”, “boludito”, “boludazo” y otras variantes muestran que el término se convirtió en una raíz productiva del español rioplatense. Algunas conservan el carácter despectivo original; otras adquieren valores humorísticos, afectivos o simplemente coloquiales.

    Así, la historia de “boludo” no puede reducirse a la de una mala palabra. Es también un ejemplo de cómo una comunidad transforma el significado de sus palabras mediante el uso cotidiano. De insulto a vocativo, de calificativo negativo a marca de confianza, su recorrido revela una característica fundamental del lenguaje: las palabras no tienen un único significado fijo, sino que cambian con las relaciones sociales, las generaciones y las situaciones en las que son utilizadas.

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Asociación de Academias de la Lengua Española. Diccionario de americanismos. (Ver)
    • Conde, Oscar. Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos. (Ver)
    • Fontsanarrosa. La mesa de los galanes. (Ver)

  • El León y las ovejas: Milei y la nueva militancia libertaria

    El León y las ovejas: Milei y la nueva militancia libertaria

    En el artículo anterior propusimos que la militancia es mucho más que una herramienta electoral: es una forma de identidad. La serie busca comprender las distintas identidades militantes y que tipo de influencia puede generar en las elecciones 2027. Vamos a recorrer el mapa que empezamos a dibujar el artículo anterior. (Click para leer el artículo anterior)

    Todo el mundo habla de los trolls, de las redes, de TikTok, estamos llenos de grupos de whatsapp que rara vez leemos, los medios cambian, pero la identidad permanece. 

    Si el objetivo es comprender cómo cambiaron las identidades militantes con el ingreso de la militancia por redes, resulta difícil encontrar un caso más disruptivo que el de La Libertad Avanza. En apenas unos años apareció un espacio político prácticamente inexistente que logró construir una militancia propia e identitaria hasta llegar a la presidencia. Eso es raro. Muy raro. Esa rareza merece ser explicada. ¿Cómo militan los libertarios? ¿Qué hace que alguien quiera militar para Milei? ¿Qué tipo de identidad ofrece el espacio de Milei? ¿Qué valores propone? ¿Qué vínculo construye con su líder? ¿Qué forma de organización produce? Son algunas de las preguntas que vamos a intentar responder. 

    Hola a todos, yo soy Javier Milei

    En los inicios del outsider de la política el contacto con su militancia era directo. Son miles las anécdotas de militantes hablando por chat privados con su líder, las llamadas por los cumpleaños, los encuentros compartidos. Para ellos no era un político, era el javo. Eso generó una gran identificación inicial con el líder. Milei no era solamente el personaje de la tele, no era solo el personaje controversial que vino a romper la política como un rockstar demoliendo hoteles, era una persona cercana. Esa misma persona que ante la sociedad era un friki inadaptado tenía tras de sí a muchos, que como él, ya no se sentían parte de la sociedad desde la irrupción del progresismo y el aislamiento social. Este fenómeno aparece con claridad en la entrevista que realizamos a un ex militante libertario, donde relata cómo fue el proceso de identificación con Milei, las motivaciones que lo llevaron a incorporarse al espacio y las razones de su posterior alejamiento. (Ver entrevista)  Milei le dio a esa militancia un porqué, un horizonte, una identidad. 

    Esto marca en un estadio inicial un fuerte contacto emocional con el líder, acompañado de una mimesis realista, aquella en donde la obra se vuelve un espejo. Un otro yo, con las mismas condiciones, cualidades, visión. Para quienes se habían ubicado en un margen emocional de la sociedad, encontrar un líder, que a su vez provenga de dichos márgenes, traspola una confianza absoluta. Un otro como yo tiene la posibilidad de hacer lo que siempre quise hacer. La ecuación perfecta. Y eso se convirtió luego en la fórmula del éxito para Milei, una militancia convencida, esperanzada, identificada, capaz de transmitir esas convicciones a su entorno y replicar el discurso. Para defender algo con ganas, primero hay que apropiarlo. Los mejores mercaderes no te venden un producto, te contagian el entusiasmo de haberlo elegido. No hacía falta entender una propuesta o un proyecto. La ecuación era sencilla, él es uno de nosotros y piensa como nosotros, va a hacer lo que haríamos nosotros.

    Pero hay una figura más que completa este cuadro: la del militante inorgánico, que en La Libertad Avanza adquiere una forma particular, la del voto bronca. Bajo la lógica de, el enemigo de mi enemigo es mi amigo, buena parte del apoyo a Milei no surgió de la adhesión a un programa de gobierno, sino del deseo de castigar a la casta. Muchos de quienes replicaban su discurso ni siquiera coincidían con varias de sus propuestas. Sin embargo, la furia que Milei dirigía contra la dirigencia política expresaba un sentimiento que ellos también compartían. Una parte importante de la sociedad estaba cansada de no ser escuchada. Veía una clase política desconectada de la realidad, discutiendo problemas que sentía ajenos, mientras el poder adquisitivo caía desde 2014 sin que apareciera una respuesta convincente. Los representantes habían dejado de seducir.

    ¿Cómo sabemos que esa adhesión no era necesariamente programática? Ese fenómeno podía verse con claridad en las entrevistas que Crónica TV realizaba antes de las elecciones. A los entrevistados les hacían tres preguntas: si estaban a favor de la educación pública, de la salud pública y a quién pensaban votar. En la enorme mayoría de los casos respondían que defendían tanto la educación como la salud públicas, pero que igualmente votarían a Milei. (Ver video) Cuando el periodista les señalaba la aparente contradicción, la respuesta solía ser la misma: Está loco, no lo van a dejar hacer lo que quiere. La pregunta, entonces, era inevitable: ¿quiénes eran esos que no lo iban a dejar? 

    Las fuerzas del cielo

    Promulgadores de una de las frases con más épicas en la política de los último año “En una batalla, la victoria no depende del número de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo” Macabeos (3:19) Las fuerzas del cielo fue por muchos años la militancia oficial del espacio libertario.Un espacio ultra identitario, que vendía aura, mística,con ciertos tintes ritualísticos y por momentos sectario.

    En un momento, mi curiosidad me llevó a querer averiguar más de este manejo. Conocí a algunas personas que pertenecían a este espacio, y me generó curiosidad la forma de hablar, como la de no hablar de ciertas cosas. Y digo no hablar, porque una de las bajadas directas del espacio era no pasarle información a las “kukas”, no había que debatir con ellos, había que psicopatearlos. La imagen de ellos y nosotros está bien marcada dentro de LLA. Los kukas son para ellos todo el universo político, sin distinción, que no sea ello (peronistas, kirchneristas, izquierdistas, etc) y deben ser manipulados psicológicamente para bajarles su moral. Esto es muy marcado en los espacios de twitter, en donde ante cualquier debate de la actualidad es llevado de forma mecánica por ellos hacia algún “error” anterior que sea plausible dependiendo el interlocutor. 

    Ante esta dificultad de entender el espacio desde afuera intenté ingresar a sus grupos para ver de qué se trataba. El resultado no fue favorable. Había varios filtros que requería, entre otras cosas, que pasarás tus redes sociales, obviamente no podía cumplir ese requerimiento. De todas formas, mi curiosidad me llevó a seguir averiguando. Hablaba con conocidos que estaban adentro, seguía sus posteos en redes, estudiaba sus símbolos, miraba algunos de sus programas referenciales para ver que escuchaban, que veían, que se les decían públicamente. Hasta que pude entender la mística que se les ofrecía. 

    El vínculo con la cruz orlada de parravicini me dio la primera clave. Uno de los emprendedores, militante y vendedor de merchandising del espacio intentó vender un collar con la cruz orlada, igual a los que usan algunas personas de las fuerzas del cielo. Acto seguido empezó a recibir una avalancha de insultos, raro para quienes se supone que tiene al capital como el único vector. La mayoría de ellos decía que ese no era un producto de comercialización, que debía ganarse ¿Cómo se gana? ¿Qué se debe hacer? la única respuesta que conseguí fue, por mérito. Pero no fue mi única alerta sobre lo místico vinculado al espacio político. Alguna persona que profesan el sionismo cristiano y hablan de Milei como el mesías, quizás apoyado en los dichos de Milei en Neura Media en donde dice ”yo soy judio y voy a liberar al pueblo judio, desde acá” El detalle de todos estos temas lo hablo en mis videos de youtube (ver enlace) 

    Como vimos, la visión metafísica no escapa de este espacio político. El concepto del orden espontáneo está presente tácita o intácitamente dentro de la ontología de este pensamiento. El orden espontáneo es la creencia que la armonía secreta del universo donde mil hilos invisibles, sin que nadie los teja, tejen el tapiz del mundo. Esta visión no es nueva, encontramos antecedentes en Adam Smith, quien tuvo influencias de la teología natural para pensar en la mano invisible del mercado. El protestantismo y el calvinismo también pensaban que los procesos de autorregulación social y económica eran manifestaciones de la providencia, al igual que la escuela de Salamanca. Esto también está presente en el Taoísmo, quienes ven en la acción sin esfuerzo ni interferencia la posibilidad del surgimiento del tao, el orden natural del universo.  (Click para saber mas)      

    Problemas en el paraíso  

    Pero como toda relación romántica sufre desgastes. A esto se le suma que el líder que salió de los márgenes ahora se ubicó en el centro. Ya el diálogo no era el mismo, ser antipolítica y criticar la misma desde afuera tiene sentido, pero cuando es tiempo del quehacer esto adquiere otra complejidad. En una primera parte, se sostuvo bajo el fuerte vínculo sentimental e identitario construido, pero en el transcurso del tiempo esto no bastó. 

    A las peleas internas, entre las fuerzas del cielo y Karina Milei, que detallo en este video (enlace), se le sumó la poca efectividad en la vida cotidiana del modelo. Es que la gran masa de los militantes libertarios son pibes jóvenes de clase baja que ya venían de una mala situación económica, pero que con la crisis vieron agravada su situación y la de sus familias. Además, ante las críticas de la situación económica o las críticas sobre ciertas situaciones en el gobierno, la respuesta fue el amedrentamiento. Con frases conocidas como, “el que se queja es kuka” trataban de invalidar y menospreciar cualquier experiencia personal de los militantes dentro del propio espacio. La pelea entre los espacios de militancia y el lugar que ocupaban dentro de las decisiones de gobierno, también ayudó al desgaste. Con el ingreso de la militancia de el Nene Vera se buscó silenciar las críticas internas y sacarle peso a la militancia originaria. Como otras micropeleas que detallo en estos videos. (enlace) Todas estas situaciones fueron cortando para una parte de su militancia ese lazo primigenio. No fue una ruptura provocada por una gran tormenta, sino el cansancio acumulado de pelear contra distintos vientos. 

    Pero a su vez fue puliendo un núcleo duro y ultra dogmático, aquellos que mantienen su lealtad más allá de lo real y las adversidades. La misma actitud que ellos mismos desde afuera denominaban como de termos o de ovejas. 

    Este núcleo duro tiene categorías propias con las que analiza la realidad. Hay una fuerte creencia en la mano invisible del mercado. Repiten como fórmula infalible la idea que, los individuos buscando su propio beneficio económico son guiados por una fuerza que promueve el bienestar de toda la comunidad sin planearlo. Por eso ante cualquier noticia de cierre de fábricas o de un local que se funde, comentan que deben reconstruirse, como si el problema no fuera el poder adquisitivo sino la oferta del servicio o del producto. Es normal escucharlos hablar de izquierda o derechas, en donde, segun su vision, la izquierda es globalista y la derecha nacionalista. Ven con buenos ojos la alianza que Milei tiene con Trump, a quien ven como el garante del rumbo nacionalista.   

    En cuanto a la realidad cotidiana, son conscientes que la economía doméstica no está bien. Ante esto, algunos dicen que hay que esperar treinta años para ver los cambios. Otros dicen que no se sienten del todo, pero que hay indicios de mejoras en la liberación de la importaciones, que permite comprar ropa de Temu más barata, en la baja de inflación, o en la búsqueda de inversiones extranjeras o del equilibrio fiscal. En ambos caso sienten insuficientes las acciones del gobierno, pero también tienen la convicción personal que este es el rumbo.

    ¿Fin?

    De cara a 2027 el verdadero desafío para La Libertad Avanza no será conservar a quienes ya creen, sino volver a seducir a quienes alguna vez encontraron en Milei parte de ese reflejo propio. Todavía no se vislumbra acciones o estrategias orientadas hacia eso. Aunque el vuelco “nacionalista” de Milei sobre el tema Malvinas podria empezar a dar un indicio. Y quizás, de cara a las elecciones, la pregunta ya no es cuántos seguirán siendo libertarios, sino cuántos de aquellos votantes ocasionales volverán a elegirlo. El voto bronca puede conquistar una elección, pero difícilmente pueda sostener un proyecto de gobierno durante años si no ve cambios sustanciales. Una estrategia posible será profundizar la fragmentación de los espacios que pueden disputarle ese electorado, consolidando a La Libertad Avanza como la principal referencia del liberalismo argentino.   

    La Libertad Avanza mostró que una comunidad política puede construirse sobre la identificación emocional con un líder, la pertenencia digital y la oposición a un enemigo común. Pero también mostró sus límites: cuando la emoción deja de alcanzar, la militancia exige resultados. Así como su ascenso fue vertiginoso, también comenzaron a aparecer con rapidez las primeras señales de desgaste. En 2027 no solo estará en juego el futuro de Milei, sino también la capacidad de este nuevo modelo de militancia para sobrevivir al paso del tiempo. Si el modelo de Milei fracasa, ya se dejará la ilusión de que solo con la redes sociales basta para instalar un presidente y se volverá a abrir el abanico de opciones.

    LLA ha quemado etapas mucho más rápido que cualquier otra fuerza política reciente. Pero también consolidó, en poco tiempo, un núcleo militante fuertemente identitario. Más allá de lo que ocurra en 2027, parece haber logrado algo que durante décadas resultó esquivo: darle al liberalismo una organización política propia con capacidad de disputar el poder. Habiéndo absorbido al PRO, consolida por primera vez el partido liberal en Argentina desde la generación del 37 y sin usar dictaduras militares. Esa es, quizás, su transformación más profunda. Porque la discusión ya no gira únicamente alrededor de Javier Milei, sino del regreso de un viejo antagonismo de la política argentina: la tensión entre el proyecto liberal y el proyecto nacional. Sobre ese conflicto histórico ya escribí en este artículo. (Patria o Colonia)

    Para ampliar este tema, podés mirar nuestro análisis sobre Javier Milei y las dinámicas entre el líder y su militancia:

    Esta es la segunda entrega de la serie “¿Qué pasó con la militancia?”

    En esta ocasión analizamos la figura de Javier Milei. En las próximas entregas vamos a analizar, con las mismas herramientas presentadas en el primer video de la serie (Ver) las distintas formas de militancia que están disputando el escenario político argentino.

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  • ¿Qué pasó con la militancia?

    ¿Qué pasó con la militancia?

    Milei, Cristina, Kicillof y la crisis de los partidos

    Organización, valores y afectividad en la política argentina actual

    La irrupción de Javier Milei y La Libertad Avanza, las tensas internas del peronismo en torno a las figuras de Cristina Kirchner y Axel Kicillof, y la aparición de nuevas formas de militancia configuran un escenario de transformación en la política argentina. Hace veinte años un militante repartía volantes en una esquina. Hoy puede pasar cinco horas defendiendo a un dirigente desde su cuenta de Twitter sin conocer a un solo compañero de su barrio. Pero sea en Twitter o en un local partidario, hay algo que nunca cambia: militar siempre es un acto identitario.

    Militar no consiste solamente en apoyar una lista o compartir un programa de gobierno. Quien milita incorpora una forma de interpretar la realidad, construye vínculos, adopta determinados valores y encuentra un espacio de pertenencia. En ese sentido, la militancia dice tanto sobre una persona como sus gustos musicales, su profesión o el grupo social con el que elige identificarse. Comprender esa identidad es, quizás, una de las formas más interesantes de comprender la política argentina actual: precisamente porque la militancia es una forma de identidad, entender a los militantes resulta tan importante como analizar a los propios dirigentes.

    En los próximos meses veremos a candidatos recorrer estudios de televisión, participar en debates, presentar propuestas. Sin embargo, existe un actor mucho menos visible que suele recibir bastante menos atención: el militante. Es quien conversa con su familia, con sus compañeros de trabajo y con sus vecinos. Es quien traduce las grandes consignas políticas al lenguaje cotidiano. Y muchas veces es esa conversación, más que un discurso televisivo, la que termina inclinando un voto. Es quien conoce las preocupaciones diarias de su entorno, quien sabe qué tan preocupado está por ciertos temas, qué le importa menos, y quien puede hablarle a su entorno en un lenguaje cercano.

    ¿Qué hay que mirar para comprender a un militante?

    Para responder esa pregunta no alcanza con mirar las encuestas ni los resultados electorales. Tampoco alcanza con escuchar los discursos de los dirigentes. Si queremos entender qué significa militar hoy, tenemos que mirar al propio militante. ¿Qué lo llevó a involucrarse? ¿Qué valores lo sostienen cuando las cosas salen mal? ¿Qué tipo de vínculo construye con su dirigente? ¿Cómo se relaciona con quienes piensan distinto? ¿Y qué tipo de organización hace posible esa militancia?

    Esas cinco preguntas serán el hilo conductor de toda la serie: las iremos respondiendo espacio por espacio, para ir construyendo un mapa de las distintas identidades militantes que existen hoy en la Argentina.

    No todo lo que aparezca en estos artículos tendrá el mismo carácter. Habrá momentos en los que simplemente describa un fenómeno, otros en los que intente interpretarlo, y otros en los que defienda una posición propia. Intentaré que esa diferencia sea siempre clara, para que el lector pueda distinguir cuándo estoy contando un hecho, cuándo estoy proponiendo una lectura y cuándo estoy expresando una opinión.

    El personalismo político argentino

    Antes de entrar en cada espacio, hace falta detenerse en un rasgo que va a atravesar toda la serie: el personalismo. Y no es un desvio, es la razón por la que esta serie va a analizar la militancia a partir de los referentes, y no de los partidos.

    El personalismo es uno de los rasgos más marcados y persistentes en la historia, la cultura y, sobre todo, en la política argentina. Desde el caudillismo del siglo XIX, con figuras como Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas, pasando por la democracia de masas de Hipólito Yrigoyen, hasta la consagración del modelo con el movimiento político por excelencia, el de Juan Domingo Perón: Argentina ha mostrado en la práctica política una fuerte identificación con sus líderes, por encima de las propias instituciones y las plataformas programáticas. Son muchos los porqués: tan apasionantes como nuestra propia historia, tan atractivos como el carisma de nuestros líderes y tan extensos como nuestras tristezas.

    Lo que busco explicar con esto es que el apego a la figura del líder viene inscrito en nuestro inconsciente colectivo. Por eso, hoy, ante la irrupción de un nuevo actor político, se dice casi dogmáticamente el nombre de la persona más un sufijo “-ismo”, como si esa persona estuviera generando un movimiento o una doctrina propia. Y es justamente por esto que, ante la disputa de los -ismos, tiene más sentido preguntarse por el vínculo que une a cada dirigente con su militancia activa que por la estructura formal del partido que dice representarlo. Es la clave que explica por qué esta serie va a recorrer referentes como, Milei, Cristina, Kicillof, y los que sigan. En lugar de recorrer siglas partidarias: en la Argentina, muchas veces el partido es apenas el envase de algo que se sostiene, en verdad, en el vínculo con una persona.

    ¿Qué lleva a una persona a militar en un espacio?

    El militante pocas veces se detiene a pensar qué es lo que lo une con su dirigente: simplemente lo da por lógico. La realidad es que nadie milita solamente porque crea que un programa de gobierno es correcto. Compartir ideas es una condición necesaria, pero no suficiente.

    Cuando uno habla con un militante siempre aparece el intercambio de visiones y perspectivas, pero pocas veces se habla de los vínculos reales que sostienen el acto de militar en determinado lugar. Si indagamos un poco más, a veces encontramos cuestiones biográficas y contextuales. En cuanto al contexto y al entorno, hay quienes militan en un espacio por herencia (ya vienen con esa pertenencia dentro del propio círculo familiar). Otra opción es la influencia del entorno en el que transcurren sus días, pero ahí hay un matiz: esa militancia, cuando cambia el entorno, suele terminarse o mudarse de espacio, por lo cual tampoco es el foco de este análisis.

    Lo que buscamos analizar es la conducta humana desde un esquema lógico y simplificado, para entender cómo una persona elige una opción sobre otra. Primero habría que establecer el marco de creencias del individuo: la militancia busca modelar el mapa invisible de cada persona, encender sus certezas, nombrar la realidad y afinar el cristal a través del cual contempla y comprende el mundo. Una vez establecida una visión, esta se encuentra con la realidad, y ahí operan los deseos y preferencias en la interacción con el mundo. Los espacios políticos nunca reflejan el cien por ciento del pensamiento de un individuo; por eso la persona busca, entre los espacios de representación disponibles, cuál se le asemeja más. Y luego de esa elección viene el plano de la acción: el individuo elige, dentro del conjunto de opciones disponibles, el espacio político que, dadas sus creencias, maximiza la probabilidad de obtener el resultado que más prefiere.

    Pero después de la elección viene la permanencia. Una persona permanece en un espacio político porque ocurren tres cosas al mismo tiempo. Primero, siente que ese espacio interpreta el mundo de una manera parecida a la suya: le pone palabras a cosas que ya intuía y le ofrece una explicación coherente de la realidad. Asumir una militancia es elegir un discurso: trazar una arquitectura de razones que no solo explica cómo funciona el mundo, sino que le da un orden y un sentido colectivo a la realidad. Segundo, se reconoce en determinados dirigentes cualidades que considera valiosas: no solo escucha lo que dicen, sino que confía en quiénes son, o en quiénes cree que son. La elección de un militante es el hallazgo de un espejo: convocar a un otro en quien reconocemos nuestro propio rostro, unas veces igual, otras mejorado, pero siempre unido por el mismo reflejo. Y tercero, se conmueve: hay discursos, símbolos, recuerdos, enojos y esperanzas que lo movilizan emocionalmente y le hacen sentir algo que lo empuja a la acción. Aristóteles ya lo había advertido en la Retórica: la persuasión nunca depende exclusivamente de los argumentos.

    ¿Qué significa militar hoy?

    En los próximos artículos nos adentraremos en el mapa de las fuerzas, y sobre todo de los referentes, que van a disputar el poder o marcar el compás en 2027, usando las mismas cinco preguntas para descifrar la arquitectura de identidad que propone cada espacio. El objetivo es mirar de cerca la matriz que moldea al militante: descubrir el prisma con el que aprende a interpretar la realidad, la razón con la que construye su discurso y el espejo en el que se reconoce al elegir a sus pares y a su líder.

    Cada artículo estará dedicado a un espacio político distinto, pero todos serán observados con las mismas herramientas. Así llegaremos a una pregunta final: ¿qué tienen realmente en común un militante libertario, uno kirchnerista y uno del Movimiento Derecho al Futuro? ¿Son expresiones de una misma crisis, o formas completamente distintas de entender el compromiso político? La indagación trasciende la coyuntura para tocar algo más de fondo. Tal vez la verdadera incógnita no sea quién ganará la próxima elección, sino qué tipo de ciudadano está germinando en cada trinchera política. Es posible que la mayor distancia no resida únicamente en las banderas que defienden, sino en el tipo de subjetividad que forman, el modelo de dirigente en el que se reflejan y la arquitectura de sociedad que imaginan para el futuro.

    Esta es la primera entrega de la serie “¿Qué pasó con la militancia?”

    En las próximas entregas vamos a analizar, con las mismas herramientas, las distintas formas de militancia que están disputando el escenario político argentino.

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    ¿Qué pasó con la militancia?

    Este artículo es el punto de partida de una serie en la que nos preguntamos cómo cambió la forma de hacer política y, sobre todo, cómo se construyen hoy las identidades militantes.

    En el video presentamos algunas de las herramientas que vamos a utilizar para pensar este fenómeno: desde las unidades básicas y la transformación del territorio hasta José Luis Romero, Aristóteles, la mímesis, Jon Elster, la construcción del adversario político y el papel de las redes y los comunicadores intermedios.

    ▶️ Mirá el video y acompañá el desarrollo de la serie: “¿Qué pasó con la militancia?”

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Aristóteles, Retórica. (Ver)
    • José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. (Ver)
    • John von Neumann y Oskar, Teoría de juegos y comportamiento económico. (Ver)
    • Robert E. Park, La prensa inmigrante y su contro. (Ver)
    • Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet, El pueblo elige. (Ver)