Adam Smith, Hayek y el orden espontáneo
Cuando escuchamos hablar del mercado, casi siempre lo pensamos como un mecanismo: oferta, demanda, precios, costos. Pero en ciertas corrientes del liberalismo el mercado deja de ser solo eso y empieza a funcionar casi como una creencia religiosa. El orden social es concebido como algo que emerge espontáneamente de las acciones individuales, mientras que los intentos conscientes de organizarlo pueden aparecer como interferencias sobre un orden que no comprendemos completamente.
Esa idea suena técnica, pero en el fondo es una postura filosófica. Y como toda postura filosófica, tiene una historia. Vamos a recorrerla en cuatro paradas: el taoísmo, Adam Smith, Friedrich Hayek, y una pregunta de fondo que atraviesa a los tres: si nadie dirige el orden, ¿quién se hace cargo cuando ese orden produce injusticia?
Toda idea parte de supuestos que no vemos

El filósofo alemán Martin Heidegger decía algo simple pero potente: antes de pensar cualquier cosa, ya estamos parados sobre un supuesto que casi nunca hacemos explícito. Un supuesto sobre qué es el mundo, la vida, el ser humano. Lo que en filosofía llamamos ontología.
Se ve fácil con un ejemplo. Cuando alguien dice “es mi deber cuidar a mis padres” o “no debo mentir”, no se está inventando esa regla en el momento. Se está asumiendo, sin decirlo, que el ser humano es libre, que puede elegir, y que le debe algo al otro. Nadie necesita leer filosofía para operar así: lo llevamos incorporado.
Un ejemplo que ayuda a entenderlo, aunque no venga de Heidegger sino de la tradición cristiana con la que muchos de nosotros crecimos:
No miento porque eso lastima a otro como yo, y a otro como yo lo tengo que cuidar. Si rompo esa regla, siento culpa. No es lo mismo que cruzar un semáforo en rojo, que rompe una norma pero no nos remuerde la conciencia. La culpa aparece cuando tocamos algo más profundo que una simple regla social.
Con el mercado pasa lo mismo: la idea de que “hay que dejarlo funcionar solo” no es un dato técnico neutral. Es una creencia sobre cómo funciona el mundo. Y esa creencia tiene raíces bien concretas.
Un antecedente filosófico: el taoísmo

La formulación más antigua de esta idea del “orden espontáneo” aparece en el taoísmo. En el Tao Te Ching, Lao Tse escribe advertencias que suenan casi calcadas de la crítica liberal moderna al intervencionismo estatal.
Para el taoísmo, el Tao es esa trama invisible que sostiene todo lo que existe. No se puede escribir en un manual ni en un código de leyes: se aprende viviendo, respetando el ritmo natural de las cosas. No es un Dios que manda es algo que sostiene, sin dirigir.
No tiene equivalencia con la noción cristiana de Dios como ser personal, supremo, creador y trascendente: el Tao no manda ni diseña, sino que sostiene.
Comprender esta dinámica exige la actitud del guerrero no marcial: el Wu Wei, la abstención de la interferencia artificial.. Aplicado a la política, significa que un gobernante no debería intentar dirigir y planificar la vida de la gente, del mismo modo que un buen luchador no se enfrenta de frente a la fuerza del rival, sino que la deja fluir a su favor.
Sin embargo, esta concepción no está eximida de tensiones. Se le objeta frecuentemente que su renuncia a la intervención abre la puerta a la tiranía, a la complacencia ante la injusticia y al despotismo. La propia vida de Lao Tse refleja esta encrucijada; su retirada final hacia el oeste fue un acto de renuncia ante la tiranía de la dinastía Zhou.
Por su parte, Ziran o la espontaneidad natural describe el estado de las cosas cuando se les permite desenvolverse según su propia naturaleza intrínseca. El orden no es el resultado de un diseño consciente Taxis, sino la emergencia armónica de interacciones descentralizadas. Aunque para esto se requiere una disposición anímica no orgánica. Nuestros impulsos espontáneos nos dicen que ante el mal y la injusticia debemos actuar. Por lo cual este requerimiento ontológico necesita de una cosmología que dé sentido a esta renuncia y esa fue la intención de Lao Tse.
Adam Smith: la mano invisible es, literalmente, Dios

Adam Smith es quien nos dejó la frase más famosa de toda esta historia: la “mano invisible” del mercado. Pero pocas veces se cuenta de dónde sale esa idea realmente. La mano invisible del mercado de Adam Smith se fundamenta en una visión providencialista y teleológica del cosmos, propia de la Ilustración escocesa y del deísmo de su época.
En La teoría de los sentimientos morales, Smith explica que el ser humano actúa movido por sus pasiones: el amor propio, el deseo de mejorar su situación, la simpatía por otros. El ser humano actúa por motivos locales, inmediatos y egocéntricos. A diferencia del Tao que implicaba una renuncia del instinto inmediato del hombre, Smith parte de este mismo. La mirada de Dios como el gran arquitecto que diseñó las pasiones humanas de tal manera que, al perseguir sus propios fines inmediatos, los hombres cumplen, sin saberlo ni intencionarlo, los fines generales del orden divino. Eso, para él, es la mano invisible: Dios operando a través del egoísmo humano.
También habla de un “espectador imparcial”, una especie de juez interno. Para Smith no es solo una convención social: es la voz de Dios metida en la conciencia de cada persona. Cuando actuamos mal, sentimos culpa porque violamos ese tribunal interior. Evidentemente en su época no se hablaba de ciertos trastornos como la psicopatía que no permiten tener culpas o remordimientos.
Pero Smith no era ingenuo: sabía que si dejamos a la gente actuar solo por sus pasiones, sin ningún límite, los que tienen más poder terminan aplastando a los otros. Por eso no proponía un mundo sin estado, sino un estado mínimo.
El fin de este estado es el de impartir justicia. La justicia, segun la entiende Smith, es una virtud negativa, no implica una acción sino la inacción de daño. Justo es, entonces, no atentar contra la vida, propiedad o reputación de un otro. Pero como esto no surge de manera espontánea, parece que Dios olvidó esa parte, debe las leyes garantizarlo. Esto sería lo que sí debería regularse. Por eso no piensa un orden sin estado sino con un estado mínimo. Lo que Smith rechaza no es la justicia, sino la pretensión de que la justicia deba planificar la economía.
Hayek: nadie sabe lo suficiente como para planificar nada

Esto cae en un cierto darwinismo social (ver video), aun intenta despegarse y optando por un darwinismo institucional. Hayek sostiene que la selección no actúa sobre los genes ni sobre las personas, sino sobre las reglas de conducta, las tradiciones y las instituciones.
Las reglas de la propiedad privada, la libertad de contrato y el intercambio mercantil son las únicas reglas que demostraron sobrevivir a la selección cultural durante milenios. Para él, esas normas no benefician a un grupo en particular, sino que son reglas abstractas de conducta.
Lo que intenta demostrar es que la evolución cultural ha sostenido las reglas del mercado sobre otras reglas porque son las más eficientes. Para él, las leyes no nacieron de decretos estatales ni de la voluntad de un soberano, sino de la cristalización paulatina de costumbres y jurisprudencia que demostraron ser eficaces para reducir el conflicto a lo largo de los siglos.
Si el resultado del mercado no responde a una voluntad individual ni colectiva, ¿ante quién podemos reclamar por sus consecuencias? El problema de la responsabilidad queda desplazado desde las decisiones humanas hacia un orden que parece no tener autor.
El historiador y sociólogo Karl Polanyi demostró que el libre mercado fue planificado. No surgió solo; requirió de la fuerza coercitiva del Estado, de leyes de cercamiento y de la policía para desarraigar a las personas de sus modos de vida tradicionales y obligarlas a vender su trabajo como una mercancía.
Hayek decide arbitrariamente qué parte de la cultura es espontánea (el mercado) y qué parte es artificial (la demanda social de justicia). Si la cultura humana produce espontáneamente sindicatos, derechos laborales, protección ambiental o límites al capital, eso también es un producto emergente de la historia. Para el no.
El ser humano vive en una condición de ignorancia insuperable respecto a la totalidad de la sociedad. Esto despoja al ser humano de su agencia política: Si la evolución cultural está por encima de la razón individual, el ser humano no tiene derecho a reunirse democráticamente y decir, no nos importa si este mercado es eficiente, preferimos una sociedad más justa. Para Hayek, esa decisión democrática es un error de la evolución. Ninguna entidad central, sea un gobierno, una supercomputadora o comité puede concentrar esa información, porque esta solo se genera y se transforma en tiempo real a través de las acciones individuales.
Los precios sintéticos transmiten la información necesaria para que las personas adapten sus decisiones locales sin necesidad de saber porqué subió o bajó un insumo, dada la incapacidad del individuo de entender. El ser humano deja de ser el sujeto de su historia y queda reducido a un mero receptor de señales de precios, privado de la capacidad de cuestionar la ontología del sistema que habita.
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?
A través de este recorrido,desde la analítica existencial de Heidegger y la sabiduría cósmica del taoísmo, hasta la teología providencial de Smith y la epistemología evolucionista de Hayek, queda al descubierto que el “orden espontáneo” nunca ha sido una mera categoría neutral.
El problema, por lo tanto, ya no es solamente si el mercado funciona mejor o peor en términos de eficiencia técnica. La pregunta de fondo es qué imagen del ser humano, de la sociedad y del conocimiento se esconde detrás de la fe en que el orden solo puede surgir de manera espontánea.
Confiar ciegamente en esa espontaneidad exige, en última instancia, aceptar una ontología donde el ser humano debe renunciar a su propio raciocinio político, asumir su ignorancia como condena y someter su destino a fuerzas impersonales. Frente a la pretensión de convertir el mercado en una ley natural inmutable, la filosofía nos recuerda que las reglas que rigen nuestra vida no cayeron del cielo ni son el resultado de un algoritmo biológico ciego: son construcciones históricas y lugar de disputas políticas, psicológicas y espirituales. Y en tanto seres constitutivamente libres y volcados al cuidado del otro, conservamos siempre la facultad ontológica de reunirnos, dudar y decidir qué tipo de sociedad consideramos justa.
Para profundizar
- Martin Heidegger, Ser y tiempo. (ver)
- Lao Tse, Tao Te Ching. (ver)
- Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales. (ver)
- Adam Smith, La riqueza de las naciones. (ver)
- Karl Polanyi, La gran transformación. (ver)
- Friedrich A. Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad. (ver)
- Friedrich A. Hayek, Derecho, legislación y libertad. (ver)
Esta es una entrega extra de “¿Qué pasó con la militancia?”
En el articulo sobre Milei hable del orden espontáneo de forma parcial. Esto genero curiosidad sobre el tema y por eso decidí hacer esta entrega extra.
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