La Conductora y la lealtad

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El liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner ha demostrado una capacidad de permanencia poco frecuente en la política argentina, aunque atravesado por los vaivenes propios de cada ciclo. Su irrupción estuvo estrechamente ligada al proceso iniciado por Néstor Kirchner en 2003, pero con el tiempo construyó una identidad y un liderazgo propios hasta convertirse en una de las principales figuras de la política nacional.

Desde la campaña presidencial del pingüino y la pingüina en 2007 ocupó un lugar central en el debate público, concentrando adhesiones y rechazos con una intensidad difícil de encontrar en otros dirigentes. La enorme cantidad de apelativos con los que fue nombrada por seguidores y detractores, la Jefa, CFK, la Conductora, la nueva abanderada de los humildes, la Presidenta, pero también la yegua, la condenada, la jefa de la banda, Kretina o Porota, revela un rasgo distintivo: Cristina puede despertar amores y odios con la misma fuerza, pero nunca puede ser ignorada

Su liderazgo se consolidó progresivamente a partir de sus decisiones de gobierno, su capacidad discursiva, pero sobre todo en la construcción de una identidad política propia. Uno de sus momentos más simbólicos fue el 9 de diciembre de 2015, cuando una Plaza de Mayo colmada la despidió entre abrazos y lágrimas, mostrando que, aun dejando el gobierno, conservaba un vínculo afectivo extraordinario con una parte importante de su militancia.

Nada sin Cristina

Si hubiera que resumir ese vínculo en una sola palabra, sería lealtad. No se trata únicamente de una adhesión electoral, sino de una identificación capaz de atravesar derrotas, crisis económicas, cambios de gobierno, causas judiciales y períodos de repliegue. Mientras otros liderazgos dependen de la expectativa de éxito o del ejercicio del poder, el de Cristina logró conservar uno de los núcleos militantes más amplios y persistentes de la política argentina.

Esa lealtad trasciende la racionalidad instrumental. Para muchos de sus seguidores, defender a Cristina implica defender una historia compartida, una identidad política y un determinado proyecto de país. Allí reside una de las claves de la perdurabilidad de su liderazgo: más que una dirigente, Cristina se convirtió en un símbolo de pertenencia para una parte significativa del peronismo. La intensidad de esa identificación fue tal que durante años el lenguaje político distinguió entre kirchnerismo y peronismo, aunque ambos terminaron reencontrándose en una misma tradición, con sus símbolos, sus lealtades y también sus adversarios históricos.

La mímesis construida en torno a Cristina también posee características particulares. El militante, en términos generales, no la percibe como una igual, sino como una figura excepcional que encarna cualidades que exceden las propias: inteligencia, capacidad estratégica, fortaleza, oratoria, sensibilidad política y vocación de conducción.

La identificación no surge del “yo podría ser ella”, sino del reconocimiento de un ideal político. Cristina aparece como un horizonte de excelencia antes que como un espejo. Su autoridad no proviene de parecerse a quienes la siguen, sino de representar, para ellos, una síntesis de virtudes que legitiman la conducción y alimentan la lealtad.

Sin embargo, la permanencia también tiene un costo. Ningún liderazgo atraviesa más de dos décadas sin que el paso del tiempo transforme el vínculo con su militancia. Aquellos jóvenes que encontraron en Cristina un horizonte político durante la primera década kirchnerista hoy son adultos que atravesaron innumerables conflictos, movilizaciones, derrotas, disputas con el poder económico y mediático, causas judiciales, un intento de magnicidio y una prolongada sucesión de batallas políticas.

No se trata de una pérdida de lealtad, sino de una transformación de los ánimos. La épica de la conquista cedió lugar a la perseverancia; el entusiasmo juvenil fue reemplazado por la convicción de sostener una causa aun en la adversidad. La militancia continúa, pero con otro ritmo, otra edad y otra experiencia. Cristina conserva una enorme capacidad de convocatoria y un profundo respeto dentro de su núcleo militante, aunque su figura ha adquirido un carácter cada vez más contemplativo. La Conductora permanece; lo que cambió fue el estado de ánimo de quienes la siguen.

La reina de corazones

El militante de Cristina valora una visión humanista de la política: un liderazgo de los sentimientos, con un fuerte componente maternalista, que cuida, protege y también reprende. Esa conducción se sostiene en códigos compartidos que no son tácitos del todo, pero que tampoco necesitan explicarse. Funcionan como un idioma común, y su intensidad es directamente proporcional al grado de identificación: cuanto mayor es el fanatismo, más fuerte es el código. Y a la inversa, a menor cercanía, menos se lo comparte.

Quienes llevan más tiempo en el espacio sienten que entienden lo que ella hace o quiere aunque no haya una comunicación explícita. Un gesto, un silencio o una cita alcanzan para orientar una lectura. Ese saber, que se construyó con los años y las batallas, funciona como una forma de pertenencia: entender a Cristina sin que lo diga es parte de ser cristinista. Entre quienes se sienten más lejos, esa traducción se debilita y el mensaje se vuelve ambiguo, o directamente no llega.

Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de su liderazgo: Cristina rara vez se comunica, y esa escasez es una de sus estrategias de comunicación más eficaces. Cada aparición se vuelve un acontecimiento y cada palabra se pesa. Cada anuncio es seguido minuciosamente tanto por seguidores como por detractores, que buscan en él una señal, una dirección o una amenaza.

El ejemplo más claro es el de mayo de 2019. En un video breve, publicado en sus redes, anunció que Alberto Fernández encabezaría la fórmula presidencial y que ella iría como candidata a vicepresidenta (Ver video) No hubo acto, conferencia ni filtraciones previas. Fueron pocos minutos de video, y alcanzaron para reordenar por completo el tablero opositor, desconcertar a propios y ajenos y marcar la agenda de los meses siguientes.

Mientras la mayoría de los dirigentes compite por ocupar el escenario, ella demostró que puede ordenarlo con una sola intervención. El silencio, en su caso, no es ausencia sino administración de la atención.

Pero esa estrategia tiene un límite. Los códigos que sostienen la lealtad de los más cercanos no alcanzan para convocar a los demás. Lo que funciona como lenguaje común para el núcleo duro puede resultar opaco para quien llegó después, o para quien se fue. Y ahí el silencio, que ordena a los propios, deja a los de afuera sin una puerta de entrada.

¿Kirchneristas o peronistas?

Como ya planteamos al comienzo de la serie (Ver), uno de los desafíos más importantes de cara a las elecciones de 2027 es afianzar el núcleo duro de la militancia. En el caso de Cristina, eso supone dos tareas. La primera es volver a levantar los ánimos de una militancia fatigada, para que pueda comunicar con entusiasmo la visión de su espacio.

Un militante desanimado no persuade a nadie: quien sostiene una causa por inercia difícilmente la contagie. La segunda es reconquistar a quienes en algún momento formaron parte del espacio y con los años se fueron alejando, sea por desencanto, por cansancio o por diferencias con la conducción. No se trata de convencer a un adversario, sino de reabrir la puerta a quien alguna vez estuvo adentro.

Otro de los grandes temas para el espacio de CFK es unir kirchnerismo y peronismo en una sola síntesis. La distinción nació por una necesidad histórica: diferenciar el proceso iniciado por Néstor Kirchner del peronismo de Carlos Menem. Esa frontera lingüística tuvo sentido en su momento, pero hoy necesita ser superada. Lo que ayer servía para marcar una identidad hoy puede resultar una fragmentación innecesaria frente a un adversario común.

La llegada de Milei agrega una exigencia que va más allá de la representación tradicional de un liderazgo. Su gobierno propone una discusión en el plano doctrinal, económico y geopolítico (Ver artículo sobre Milei), con un marco de ideas que se presenta como completo y que disputa el sentido de época. Allí el kirchnerismo muestra una carencia: su fortaleza estuvo siempre en la épica, en la gestión y en el vínculo afectivo, más que en un cuerpo doctrinario propio. El peronismo, en cambio, cuenta con una amplia tradición, con autores, textos e intelectuales que durante décadas pensaron la comunidad organizada, la soberanía política y la justicia social.

Por eso el espacio de Cristina debe retomar la doctrina. Eso no significa abandonar el plano de los sentimientos, que es su mayor activo, sino darle un fundamento. Hasta ahora la visión de conjunto se completaba con afecto, con lealtad y con códigos compartidos. Frente a un adversario que discute ideas, eso ya no alcanza: hace falta una doctrina que traduzca la identidad en proyecto, para que la pertenencia sea también una explicación del país que se quiere construir.

Todo vuelve, entonces, a la lealtad. Es el capital más valioso de Cristina y también su desafío más grande. Una lealtad que atravesó derrotas, causas judiciales y años de repliegue no necesita ser inventada, pero sí ser canalizada. Si se queda en el plano del afecto y del código compartido, corre el riesgo de volverse contemplativa, un homenaje a una historia en lugar de un motor para la que viene. Si se la acompaña con doctrina, con una síntesis que reúna a kirchneristas y peronistas y con una palabra capaz de llegar también a quienes no comparten el idioma del núcleo duro, esa misma lealtad puede transformarse en la base de una nueva etapa. La Conductora permanece; la pregunta de cara a 2027 es qué hará su espacio con todo lo que esa permanencia le dejó.

Esta es la tercera entrega de la serie “¿Qué pasó con la militancia?”

En las próximas entregas vamos a seguir analizando, con las mismas herramientas, las distintas formas de militancia que están disputando el escenario político argentino.

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Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

  • Aristóteles, Retórica. (Ver)
  • José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina. (Ver)
  • John von Neumann y Oskar, Teoría de juegos y comportamiento económico. (Ver)
  • Robert E. Park, La prensa inmigrante y su contro. (Ver)
  • Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet, El pueblo elige. (Ver)

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