Palabras argentinas
Expresiones populares
Voces olvidadas.
¿Para qué necesitamos un diccionario argentino?

Cada tanto aparece la pregunta, medio en broma medio en serio: ¿hace falta un diccionario propio si ya tenemos la Real Academia? ¿No es un capricho nacionalista, una forma de complicar algo que ya está resuelto? La respuesta corta es que no, y para entender porqué conviene mirar tres ideas que explican, qué es realmente un diccionario y qué función cumple.
La lengua no le pertenece a nadie en particular
Saussure, además de mostrar que el lenguaje cambia como vimos en acá, insistió en otro punto clave: la lengua es un hecho social. No existe en la cabeza de un individuo ni en un libro de reglas escrito por una academia; existe en el uso compartido de una comunidad de hablantes. Un diccionario, entonces, no es un tribunal que dictamina qué palabras están “permitidas”. Es, en el mejor de los casos, un registro de lo que una comunidad efectivamente habla. Si esa comunidad tiene usos propios, un diccionario que no los recoja está describiendo mal la lengua real: describe otra lengua, la de otro lugar.
Una lengua, muchas voces
Acá conviene traer al lingüista y filósofo ruso Mijaíl Bajtín, que pensó el lenguaje como algo intrínsecamente dialógico: ninguna palabra es neutra ni viene de un solo lugar, sino que arrastra los ecos de todos los contextos en los que fue usada antes. Una lengua real es polifónica, hecha de voces distintas que conviven y se responden.
El español argentino es un caso elocuente de esa polifonía. Está el lunfardo, nacido en los conventillos porteños de fines del siglo XIX, cruce de italiano, criollo y jerga de los márgenes sociales. Está la gauchesca, con su vocabulario rural y su cadencia propia, que forjó buena parte del imaginario nacional. Están los regionalismos, porque el español que se habla en Salta no es el de Santa Cruz ni el de Corrientes. Están las palabras en desuso, que todavía laten en el habla de los mayores o en la literatura. Y está la capa político-histórica: términos que la vida pública argentina fue acuñando y resignificando, de “gorila” a “piquete”, de “desaparecido” a “curro”. Un diccionario que ignora estas voces no está siendo prolijo: está ignorando una parte real de cómo hablamos.
Nombrar para ordenar el mundo
Falta la pieza que explica porqué esto importa más allá de lo descriptivo. El sociólogo Harold Garfinkel, fundador de la etnometodología, mostró que el orden social no es algo dado de antemano que el lenguaje simplemente refleja: se construye, momento a momento, a través de las prácticas cotidianas, entre ellas el habla. Cuando una comunidad nombra sus cosas a su manera, no está decorando la realidad: está produciendo el sentido común que hace posible entenderse, coordinar, pertenecer.
Un diccionario argentino, visto así, no es un adorno identitario. Es parte de cómo una sociedad fija, transmite y hace visible el orden de sentido que ya construyó hablando. No registrarlo no es “quedarse con lo correcto”: es dejar sin nombre oficial una parte del mundo que los argentinos ya nombraron entre todos. Es perderse una parte de nuestra cultura.
La respuesta corta
Necesitamos un diccionario argentino porque la lengua es un hecho social y le pertenece a quien la habla, no a una norma externa (Saussure); porque el español argentino es una lengua polifónica, tejida de lunfardo, gauchesca, regionalismos, desusos y marcas político-históricas que merecen quedar registradas (Bajtín); y porque nombrar las cosas a nuestra manera es parte de quienes somos.
Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas
- Saussure, F. de. Curso de lingüística general. (Ver)
- Bajtín, M. Problemas de la poética de Dostoievski. (Ver)
- Bajtín, M. Teoría y estética de la novela. (Ver)
- Garfinkel, H. Estudios en Etnometodologia. (Ver)
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