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  • Día de la Raza, Día del Respeto a la Diversidad Cultural o Día de la Hispanidad: ¿qué significa cada nombre?

    Día de la Raza, Día del Respeto a la Diversidad Cultural o Día de la Hispanidad: ¿qué significa cada nombre?

    Tres nombres para una misma fecha, y una discusión que en realidad es sobre quiénes somos.

    Cada 12 de octubre los argentinos tenemos feriado, pero no nos ponemos de acuerdo en cómo llamarlo. Para algunos sigue siendo el Día de la Raza, para otros el Día de la Hispanidad, y desde 2010 el nombre oficial es Día del Respeto a la Diversidad Cultural. No es una disputa de etiquetas: cada nombre carga una teoría sobre lo que pasó en 1492 y sobre lo que somos hoy. Este artículo recorre cómo nació cada denominación, qué significa, cómo llegó a la Argentina, y por qué la discusión es tan difícil de cerrar.

    Qué significa cada nombre

    Día de la Raza. Aquí “raza” no se usa en sentido biológico estricto, sino en el sentido cultural y espiritual que tenía a comienzos del siglo XX: la “raza hispana” o “iberoamericana” como comunidad de lengua, religión, costumbres y destino común entre España y las naciones americanas. Es un nombre de época, anterior a la crítica contemporánea del concepto de raza, y por eso hoy suena para muchos incómodo o directamente inaceptable.

    Día de la Hispanidad. “Hispanidad” nombra el conjunto de pueblos y culturas unidos por la herencia de España, y en particular por la lengua castellana. Es una palabra con una carga ideológica más marcada: en su versión más influyente, la de los años treinta, es la Hispanidad católica, tradicionalista e imperial, que veía en la conquista una misión civilizadora y evangelizadora.

    Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Es el nombre más reciente y el más deliberadamente distinto: desplaza la mirada del acontecimiento (la llegada de Colón) hacia el presente y hacia la pluralidad de culturas que conviven en el territorio, incluyendo explícitamente a los pueblos originarios, a las migraciones y a las comunidades afrodescendientes. Es un nombre que no celebra un hecho histórico sino un valor.

    El Día de la Raza en la Argentina

    La fecha tiene una prehistoria en el IV Centenario de 1892, cuando España y varios países americanos conmemoraron los cuatrocientos años del viaje de Colón con festejos, exposiciones y publicaciones. En esas celebraciones se mezclaban dos cosas: el orgullo español, en un momento de decadencia imperial tras perder buena parte de su poder, y el interés de las élites americanas por reconocerse en una tradición europea y latina.

    La idea de una “Fiesta de la Raza” cristalizó en las primeras décadas del siglo XX, impulsada desde España por el americanismo y las asociaciones que buscaban estrechar lazos con las repúblicas americanas, entre ellas la Unión Ibero-Americana. Ese movimiento encontró eco en Buenos Aires, donde la numerosa colectividad española y los círculos intelectuales hispanófilos organizaban actos cada 12 de octubre.

    El paso decisivo en la Argentina se dio en 1917, durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuando un decreto convirtió el 12 de octubre en feriado nacional con el nombre de Día de la Raza. El gesto tenía lectura política: en pleno clima de debate sobre la identidad nacional posterior al Centenario de 1910, y con la inmigración masiva transformando el país, el radicalismo de Yrigoyen proponía un vínculo cultural con España y con “lo hispanoamericano” que sirviera de contrapeso a otras influencias y que ofreciera un relato común a una sociedad muy heterogénea.

    Esa misma búsqueda atravesó a intelectuales como Ricardo Rojas, que en Eurindia (1924) proponía una síntesis entre lo europeo y lo indígena como clave de una cultura argentina propia, y a Leopoldo Lugones, que en 1913 consagró el Martín Fierro como poema épico nacional.

    Desde entonces, y durante casi un siglo, “Día de la Raza” fue la denominación del feriado en la legislación argentina, incluso cuando las leyes posteriores sobre feriados nacionales reorganizaron el calendario. No fue un caso aislado: México, con La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, dio al término una lectura optimista sobre el mestizaje, y en buena parte de América Latina la fecha se llamó igual.

    El Día de la Hispanidad

    La palabra “hispanidad” tiene un vínculo estrecho con Buenos Aires. Se atribuye a Zacarías de Vizcarra, sacerdote español radicado en la capital argentina, la propuesta, hacia 1926, de reemplazar “Día de la Raza” por “Día de la Hispanidad”, en el ámbito de la colectividad española y los sectores católicos. Años después, Ramiro de Maeztu, que fue embajador de España en la Argentina entre 1928 y 1930, popularizó el concepto en su libro Defensa de la Hispanidad (1934), donde la presenta como una comunidad espiritual de base católica, opuesta al liberalismo y al protestantismo anglosajón.

    En España, la fecha fue fiesta nacional con el nombre de Fiesta de la Raza desde 1918 y pasó a llamarse Día de la Hispanidad bajo el franquismo, en 1958, en pleno proyecto de exaltación imperial. Tras la transición democrática se la redefinió como Fiesta Nacional de España, en 1987, desligándola de aquella carga.

    En la Argentina, “Hispanidad” nunca fue, hasta donde puede rastrearse en la normativa de feriados, el nombre legal del 12 de octubre, pero sí circuló con fuerza como denominación alternativa en el nacionalismo católico, en la prensa tradicionalista, en actos de las instituciones españolas y en muchos ámbitos escolares, y fue la bandera de quienes defendían la herencia española frente a lo que consideraban una visión sesgada del pasado.

    Es un nombre que, para quienes lo usan hoy, subraya la lengua, la religión y las instituciones heredadas, y que para sus críticos oculta la violencia de la conquista y borra a los pueblos que ya estaban.

    El Día del Respeto a la Diversidad Cultural

    El cambio de nombre se inscribe en un movimiento continental. Con el quinto centenario de 1992, buena parte de las organizaciones indígenas de América impugnaron la idea misma de celebración y propusieron hablar de quinientos años de resistencia. En esa década y la siguiente, varios países reformularon la fecha: Costa Rica la llamó Día de las Culturas, Venezuela la renombró en 2002 Día de la Resistencia Indígena, Bolivia la vinculó a la descolonización y Nicaragua a la resistencia indígena, negra y popular.

    En la Argentina, el proceso se apoyó en un cambio normativo y simbólico más amplio: la reforma constitucional de 1994 reconoció la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos, y en 2006 la ley 26.160 declaró la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas.

    En ese marco, en 2010 el decreto 1584 del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner reordenó el régimen de feriados y dispuso que el 12 de octubre pasara a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Poco después, el debate se trasladó al espacio público con la decisión de retirar el monumento a Colón de su ubicación detrás de la Casa Rosada y reemplazarlo por uno dedicado a Juana Azurduy, una discusión que despertó polémicas y litigios.

    El nombre quedó consagrado en el régimen vigente de feriados, la ley 27.399 de 2017, que además lo mantiene como feriado trasladable. Este año, el 12 de octubre cae un lunes, de modo que el fin de semana largo es automático.

    La denominación tiene sus defensores y sus críticos. Para sus defensores, reconoce que el territorio fue y es plural, y corrige una celebración que ignoraba a quienes ya vivían aquí. Para sus críticos, es un nombre tan amplio que deja de decir qué se conmemora, y a veces se lo ve como una forma de diluir, en vez de enfrentar, la discusión histórica de fondo.

    La disputa histórica sobre la llegada de los españoles y los desacuerdos profundos

    Casi nada del 12 de octubre es un dato neutral, empezando por cómo nombrar lo que ocurrió. ¿Descubrimiento, encuentro de dos mundos, invasión, conquista, genocidio, choque? Cada sustantivo contiene una tesis.

    Descubrimiento supone que algo estaba a la espera de ser hallado por quien llega, y pone al europeo como sujeto de la historia. El historiador mexicano Edmundo O’Gorman, en La invención de América (1958), mostró que “descubrir” América fue en realidad una interpretación construida después, no un hecho evidente en 1492, porque Colón murió convencido de haber llegado a Asia.

    Encuentro de dos mundos fue la fórmula conciliadora de 1992, muy usada en España, que enfatiza el contacto y la mezcla pero que sus críticos consideran un eufemismo frente a la violencia y a las epidemias.

    Invasión, conquista, genocidio ponen el acento en la dominación, el despojo y la mortandad, y se apoyan en testimonios como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), de fray Bartolomé de las Casas, o los relatos recogidos por Miguel León-Portilla en Visión de los vencidos (1959).

    La discusión no es nueva. En 1550 y 1551, la Corona española convocó en Valladolid un debate entre Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre si la conquista era justa y si los indígenas podían ser sometidos por naturaleza. Ya entonces los propios españoles discutían la legitimidad de lo que estaban haciendo.

    Siglos después, la historiografía española denunció como “leyenda negra” una supuesta exageración de las crueldades españolas, concepto formulado por Julián Juderías en 1914 y retomado por la Hispanidad, mientras la historiografía crítica latinoamericana respondió que la crítica más dura había salido de los propios cronistas españoles. Todorov, en La conquista de América. El problema del otro (1982), intentó otra vía: leer la conquista como un fracaso de comprensión entre sistemas de signos radicalmente distintos.

    Desacuerdos profundos

    El filósofo estadounidense Robert Fogelin, en su artículo “The Logic of Deep Disagreements” (1985), propuso una idea que ayuda a entender por qué esta discusión parece no terminar nunca. Un desacuerdo profundo no es una simple diferencia de opiniones sobre hechos que se resuelve con más información. Es un desacuerdo que nace de marcos de referencia distintos, que definen qué cuenta como evidencia, qué fuentes son confiables y qué valores están en juego. Fogelin se apoya en Wittgenstein (Sobre la certeza): hay proposiciones “bisagra” que no se discuten porque son las que permiten discutir lo demás.

    Aplicado al 12 de octubre: quien parte de que la civilización europea trajo la lengua, la fe y las instituciones que hoy compartimos y quien parte de que el mundo indígena fue destruido y sometido no discrepan solo sobre datos. Los datos básicos (fechas, mortandad, leyes de Indias, mestizaje) son en gran parte conocidos y compartidos. Discrepan sobre qué pesa más, sobre qué es el progreso, sobre quién es el sujeto de la historia. En ese terreno, los argumentos se cruzan sin tocarse, porque cada parte juzga las razones de la otra con las reglas de su propio marco.

    Esto no significa que todo valga lo mismo ni que sea imposible el diálogo. Fogelin mismo sugiere que, ante un desacuerdo profundo, la salida no es seguir apilando argumentos sino otra cosa: explicitar los marcos, buscar compromisos prácticos, reconocer la parte de verdad que hay en cada posición. Un buen punto de partida es aceptar que el 12 de octubre dice cosas distintas según quién lo diga, y que ninguna denominación agota el hecho.

    Una misma raíz, una historia diferente en cada pueblo

    Hablar de “la conquista” en singular es ya una simplificación. Lo que ocurrió en el Valle de México, en los Andes, en el Río de la Plata o en el Caribe fue distinto, porque eran distintos los pueblos que había, distintos los recursos que se buscaban y distinta la capacidad de resistencia.

    El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro ofrece una de las clasificaciones más fecundas para pensarlo en Las Américas y la civilización (1969), un libro que forma parte de su ciclo de estudios del proceso civilizatorio. Ribeiro distingue grandes grupos de pueblos americanos según cómo se dio el encuentro:

    Pueblos testimonio: los herederos de las altas civilizaciones nativas, como la mesoamericana y la andina (México, Guatemala, Perú, Bolivia, Ecuador), donde la sociedad indígena sobrevivió con densidad demográfica y cultural, y la conquista se superpuso a estructuras que ya existían.

    Pueblos nuevos: surgidos de la mezcla de indígenas, europeos y africanos en un proceso de fusión que dio lugar a identidades distintas de todas sus fuentes. Brasil es el caso central de su análisis, y lo desarrolla en O povo brasileiro (1995); entran también en esta categoría países como Colombia, Venezuela, Chile y las Antillas.

    Pueblos trasplantados: sociedades formadas por oleadas de colonos y luego inmigrantes europeos que reprodujeron en América sus formas de vida, con escasa mezcla con los pueblos originarios, como Estados Unidos, Canadá y, en su clasificación, la Argentina y el Uruguay.

    La “misma raíz” es, para Ribeiro, el origen ibérico: la matriz cultural de la península, con su Contrarreforma, su herencia árabe, su lengua y su organización colonial, que se proyecta sobre un continente de enorme diversidad. Una raíz común, entonces, pero resultados muy distintos. Por eso el 12 de octubre no significa lo mismo en México, donde el peso del México profundo, en palabras de Guillermo Bonfil Batalla, es inocultable, que en Bolivia, donde la mayoría de la población se reconoce indígena, que en Chile, que en el Brasil o en la Argentina.

    El nuevo hombre del mito gaucho de Carlos Astrada

    Si la conquista no es la misma en cada país, tampoco lo son los personajes que cada país elige para pensarse. En la Argentina, uno de los más potentes fue el gaucho, y un filósofo cordobés, Carlos Astrada (1894-1970), le dedicó una de las interpretaciones más ambiciosas.

    Astrada se formó en Alemania con Max Scheler y Martin Heidegger y fue uno de los introductores del existencialismo y la fenomenología en la Argentina, antes de acercarse al peronismo. En El mito gaucho (1948), que amplió en ediciones posteriores, propone leer el Martín Fierro de José Hernández como algo más que una obra literaria: como la figuración de un modo de ser argentino, nacido en la pampa, capaz de dar sentido a una experiencia histórica y de proyectar un destino.

    En términos generales, el planteo de Astrada es el siguiente. El gaucho no es ni el español ni el indio, sino un tercer tipo humano que surge del encuentro de ambos en el espacio abierto y sin límites de la llanura. La pampa, con su vacío, su horizonte y su exigencia de nomadismo, forma un hombre libre, desarraigado de las estructuras de la sociedad colonial y urbana, y dotado de una relación particular con la tierra, el caballo y el destino. Para Astrada, ese tipo humano funciona como mito en un sentido fuerte: una figura originaria que organiza una comunidad y le da una imagen de sí misma, y que puede sostener un proyecto de futuro. De ahí la idea de un “nuevo hombre”: no solo el heredero de una cultura trasplantada, sino el protagonista de un comienzo propio, que vuelve su pregunta por el ser hacia el territorio y la historia argentinos.

    La propuesta de Astrada puede leerse como una respuesta a la vieja disputa sobre el 12 de octubre. Frente a la Hispanidad, que ve en América la prolongación de España, y frente al indigenismo, que ve en ella la víctima de la conquista, Astrada propone un tercer camino: lo que nace del encuentro es algo nuevo, con rostro propio. Es, en cierto modo, la intuición que Rojas llamó Eurindia y que Vasconcelos llamó raza cósmica, pero anclada en una figura concreta y en una filosofía de la existencia.

    “De la conjunción del elemento hispánico con el elemento indígena, sobre la matriz de la tierra americana, surge una nueva entidad humana y espiritual: el gaucho, prototipo del hombre argentino. En él se operó la verdadera síntesis de dos sangres y dos destinos, dando nacimiento al nuevo hombre de nuestra América.” Carlo Astrada El mito gaucho

    Tres nombres, tres relatos. “Raza” habla de una comunidad cultural que se pensó a sí misma con las categorías de su tiempo. “Hispanidad” habla de una herencia que unos defienden como el fundamento de lo que somos y otros denuncian como la cara amable de una dominación. “Diversidad cultural” habla de un presente plural y de una deuda pendiente con los pueblos que ya estaban.

    Ninguno agota la fecha. Lo más honesto quizá sea reconocer que el 12 de octubre condensa, en un solo día, un desacuerdo profundo que no se resuelve cambiando una palabra por otra, y que la tarea más interesante es otra: conocer mejor la historia, escuchar a todos los que fueron parte de ella, y preguntarnos qué clase de comunidad queremos ser con todo lo que heredamos.

    ¿Con qué nombre recordás esta fecha y por qué? Dejanos tu opinión en los comentarios.

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    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Decreto 1584/2010, Poder Ejecutivo Nacional (Argentina): régimen de feriados y denominación Día del Respeto a la Diversidad Cultural. (Ver)
    • Maeztu, Ramiro de. Defensa de la Hispanidad. (Ver)
    • Juderías, Julián. La leyenda negra. (Ver)
    • Vasconcelos, José. La raza cósmica. (Ver)
    • Rojas, Ricardo. Eurindia. (Ver)
    • Lugones, Leopoldo. El payador. (Ver)
    • Las Casas, Bartolomé de. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. (Ver)
    • León-Portilla, Miguel. Visión de los vencidos. (Ver)
    • Fogelin, Robert. “The Logic of Deep Disagreements”. Informal Logic, vol. 7, n.º 1, 1985. (Ver)
    • Ribeiro, Darcy. Las Américas y la civilización. (Ver)
    • Astrada, Carlos. El mito gaucho. (Ver)
    • Astrada, Carlos. La revolución existencialista. (Ver)
    • Hernández, José. Martín Fierro. (Ver)

  • Terminos históricos-políticos

    Terminos históricos-políticos

    Las palabras también tienen historia: cambian de significado, atraviesan conflictos y adquieren nuevos sentidos según la época y la sociedad que las utiliza.

    Explicado en argentino

    Explicado en argentino

    Me estaba yendo a la Unidad Básica para rosquear con los compañeros y, de pronto, me cruzo con mi amigo gorila. Yo siempre lo jodo, porque no hay nada más tibio que un radical. Entonces le digo:

    —¿Qué hacés, correligionario? ¿Ya se doblaron o se rompieron nomás en el comité?

    Entonces, el Peludo me mira con cara de otario y me responde:

    —¿Qué hacés, cabecita negra? ¿Cómo va el aluvión zoológico?

    Yo me cagué de risa. Es un gorila dialoguista, pero lo prefiero antes que a los zurdos o a los liberalotes.



    ¿Cómo nacen los términos políticos?

    Nadie se sienta a inventar la palabra “gorila” o “aluvión zoológico”. Aparecen en un sketch de radio, en un discurso, en una pelea de comité, y recién después alguien las anota. Los términos políticos tienen algo que los distingue del resto del vocabulario: casi siempre nacen para señalar a alguien. Por eso su historia es una historia de conflictos.

    Nacen cuando la historia necesita nombrarse

    Como vimos en por qué los argentinos hablamos diferente, Saussure explicó que el lazo entre una palabra y lo que designa es una convención, y que las convenciones cambian. El historiador alemán Reinhart Koselleck le agrega una vuelta política. Para él, los conceptos no solo reflejan lo que pasa: también empujan lo que pasa. Un concepto condensa experiencias acumuladas y expectativas de futuro en una sola palabra.

    Por eso los términos políticos aparecen en momentos de quiebre. “Peludo”, “descamisado” o “unidad básica” surgen cuando algo nuevo irrumpe y el vocabulario heredado no alcanza para decirlo. En ese hueco entra la palabra nueva, y al nombrar el cambio ayuda a producirlo.

    Nacen de una disputa por quién nombra

    Hay una segunda pista en el Diccionario Nacional. Bajtín decía que ninguna palabra es neutra y que todas arrastran las voces de quienes las usaron antes. Pierre Bourdieu lo lleva al terreno del poder: nombrar es una forma de imponer una visión del mundo social. Quien logra que su etiqueta circule también decide cómo se ve al otro.

    En 1945 el dirigente radical Ernesto Sammartino habló de “aluvión zoológico” para referirse a la movilización de las masas obreras. Con la expresión le quitaba humanidad política a un sujeto social que estaba entrando en escena. Algo parecido pasó con “cabecita negra”, una etiqueta clasista que acompañó la llegada de las migraciones internas a las ciudades. Son nombres puestos desde arriba, con la intención de marcar un lugar.

    Nacen, se dan vuelta y cambian de dueño

    La tercera pista es la más argentina: el insulto que se vuelve bandera, y a veces el orgullo que se vuelve insulto. Ernesto Laclau sostuvo que las identidades políticas no existen antes del nombre. Un nombre puede unir demandas dispersas y darles un sujeto, “el pueblo”. Lo que importa es quién se apropia de la palabra.

    “Gorila” es el caso de manual. Según la versión más difundida, nace en 1955 en La Revista Dislocada, a partir de un sketch del guionista Aldo Cammarota que parodiaba la película Mogambo. En ese cuadro se cantaba “deben ser los gorilas, deben ser”. Los propios antiperonistas lo adoptaron para autodenominarse, y con los años los peronistas lo devolvieron como acusación. La palabra nació como chiste, fue orgullo de un bando y terminó siendo la etiqueta que el otro bando le pone al adversario.

    Cuando una palabra deja de usarse o su carga cambia, no se pierde sin más. En expresiones en desuso vimos que una palabra puede retirarse del habla cotidiana y seguir viva en la memoria de una generación. Muchos términos políticos del siglo XX están en ese camino: ya no los usa casi nadie, pero siguen explicando cómo se hablaba de política.

    La respuesta corta

    Los términos políticos nacen cuando la historia necesita nombrar algo nuevo y las palabras disponibles no alcanzan (Koselleck). Nacen de una disputa por quién tiene el poder de nombrar al otro y de imponer esa mirada (Bourdieu). Y cambian de sentido porque los nombres construyen identidades, así que un insulto puede volverse bandera y una autodenominación puede volverse acusación (Laclau). Detrás de cada término hay un conflicto concreto, una época y alguien que quiso decir algo sobre alguien más.

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Bajtín, M. Teoría y estética de la novela. (Ver)
    • Bourdieu, P. ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. (Ver)
    • Gambini, H. Historia del peronismo. (Ver)
    • James, D. Resistencia e integración: el peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976. (Ver)
    • Koselleck, R. Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos. (Ver)
    • Koselleck, R. Historia de conceptos: estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social. (Ver)
    • Laclau, E. La razón populista. (Ver)
    • Saussure, F. de. Curso de lingüística general. (Ver)
    • Ulanovsky, C. et al. Días de radio: historia de la radio argentina. (Ver)
    • Williams, R. Palabras clave: un vocabulario de la cultura y la sociedad. (Ver)
    • Wittgenstein, L. Investigaciones filosóficas. (Ver)

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  • Patria o colonia (III)

    Patria o colonia (III)

    El paraíso perdido y los dos modelos que nos siguen atravesando

    En las dos primeras partes de esta serie recorrimos casi dos siglos de historia argentina: de Rivadavia a Rosas Ver: Patria o Colonia (I) de Mitre al PAN, de Yrigoyen a Perón Ver: Patria o Colonia (II) Es hora de cerrar esta historia y preguntarnos qué queda de todo eso hoy.

    El paraíso perdido

    Más allá de las diferencias entre Rosas y Perón, la oligarquía trató de borrarlos a ambos, aunque de diferente manera. Con Rosas, construyendo una leyenda negra en la que cambiaron el apodo del Restaurador por el del tirano. Con Perón, prohibiéndolo y tratando de borrar su presencia.

    La autodenominada Revolución Libertadora llevó a cabo un golpe cívico-militar en septiembre de 1955, derrocando a Perón. El régimen buscó eliminar cualquier rastro del peronismo en la cultura y la política del país; para eso creó el decreto 4161, que prohibía nombrar, usar símbolos o hacer cualquier referencia a Perón y Evita. Ese decreto, lógicamente, también prohibió la participación política del PJ, el partido peronista, durante 17 años y 42 días.

    Y acá voy a dar una opinión muy impopular: si bien en nuestros días la presencia de Perón está más vigente que nunca, lograron dejarlo en una agonía. No lo pueden matar, porque está demasiado presente en el inconsciente nacional, pero tampoco pudo volver a recuperarse del todo. Ni la vuelta al país de Perón, ni el 62 por ciento del pueblo argentino que lo eligió en 1973, pudieron revivir por completo al movimiento. La muerte de Perón en 1974 nos dejó una revolución inconclusa. Un paraíso que pudimos alcanzar, pero que nos fue arrebatado.

    Los dos modelos

    Los dos modelos de país, como vimos, tienen una amplia historia. Es una disputa que no logramos resolver, y que hace que ninguno de los dos se desarrolle plenamente.

    Los porqués son varios y dependen de la perspectiva. Tomemos estas dos frases, una de una novela de la época de Rosas y otra de un dicho de la época de Perón:

    “Desde que está ese hombre (Rosas) en el poder, los peones ya no se quitan el sombrero, entran a la sala como si fuera suya y tienen el atrevimiento de mirarle a uno la cara.” — Manuel Gálvez, El gaucho de Los Cerrillos

    “Lo peor que hizo Perón fue enseñarle a los obreros a mirar a los ojos a los patrones.” — Rosa Campomar, miembro de la Sociedad Rural

    El problema es el mismo: la servidumbre empieza a reclamar derechos. Desde el lado del pueblo, eso representa la dignidad; desde el lado de la oligarquía, la rebeldía.

    Los ciclos nacionales

    Un modelo liberal desde la periferia del mundo necesita un país primarizado que sirva de proveedor de materias primas a las potencias del mundo. Un modelo de industria autónoma y soberanía económica necesita, en cambio, una clase media que se haga cargo de esas industrias locales. En este aspecto el modelo nacional tiene una gran ventaja ante la masa. El ascencionismo social que promueve el modelo nacional es uno de las propuestas que más atractivo tiene en el electorado. En contraparte, la brecha social que genera el modelo liberal es la mayor dificultad que encuentra esta ideología para sostenerse en el poder.  

    Pero ocurre un problema: esa clase media, una vez instalada, ha aspirado a un consumo de status global, lo que hace volver el ciclo al principio. Siendo justos, gran parte de la clase media ha aprendido a esquivar estos ciclos, a juzgar por lo ocurrido en las últimas elecciones. Por eso esta nueva forma de liberalismo ha buscado enfrentar a la clase baja con la media. Milei y sus militantes lo reflejan cuando dicen que la industria nacional no sirve, porque necesita que los trabajadores de clase baja subsidien para mantener esas industrias y el nivel de vida de esos empresarios. Muchos de clase baja hoy se preguntan: ¿por qué tengo que mantener con mis impuestos a un empresario para que pueda vivir bien?

    El porqué el liberalismo genera esta disputa está en el modelo agroexportador. Así como el empresario nacional entendió que necesita modelos proteccionistas para sobrevivir, el modelo liberal entendió que el pueblo no va a aceptar el modelo liberal por motu proprio. Entonces, lo que antes lograba por la imposición de dictaduras, hoy lo busca por la imposición de relatos. Pero el argentino, sea de clase baja o media, no va a aceptar deshacerse de la posibilidad del ascenso social, y ese va a ser siempre un problema para el modelo liberal.

    La gran tentación liberal

    Una de las ofertas más tentadoras del liberalismo es la de una sociedad más ordenada y estética. El modelo de esto es la descripta en el video sobre la genesis de la grieta inicio de la grieta nacional

    Quizás esa es una de las dificultades de Milei, pero había sido y es una de las ventajas de Macri. Milei trató de suplir la familia blanca, el metrobus y la estética de la ciudad de caba europeizada con la promesa de inversiones extranjeras. Volviendo a la promesa génesis del liberalismo nacional. Pero el tiempo pasó, las inversiones no llegaron, aunque el relato se sigue manteniendo. 

    Hoy se habla de Neuquén como la Dubai argentina. Es una provincia que contiene el 1.55% de la población nacional, muy poco para el total del territorio. Entonces, es fácil decir, allá conocen y experimentan el crecimiento prometido, y pronto otras provincias lo conocerán. Esto provocó que la provincia se encuentre recibiendo 7 familias por día en busca de la nueva panacea ¿Necesito explicar que esto es solo relato y que la provincia se encuentra colapsada?      

    Una batalla ganada para la mistica del modelo nacional

    El tema de la injerencia extranjera tampoco resulta muy atractivo hoy en día para el argentino. La ley que intentó impulsar el gobierno de Milei sobre la extranjerización de tierras hizo que se pronunciaran políticamente personas que antes nunca lo habían hecho.

    Sin duda, la bandera de Malvinas desplegada por la selección en el partido contra Inglaterra ayudó a enalzar el sentir nacional y patriótico. Y ahí hay una sublectura muy interesante: no es que tuviéramos el espíritu nacional herido, sino que estábamos bajo una carencia de símbolos.

    El espíritu humano está habitado por el “inconsciente colectivo”, según explica Jung: una capa profunda de la psique compartida por la humanidad, en nuestro caso de análisis, por un Ser Nacional. Bajo el inconsciente colectivo, el símbolo no es un mero signo, sino la expresión de algo esencialmente desconocido pero intuitivamente sentido. El símbolo actúa como un puente entre la mente consciente y la inconsciente. Sin símbolos, como los mitos, el arte, la religión o un paño con una inscripción, el espíritu se seca y se fragmenta, perdiendo su conexión con el sentido profundo de la vida. Para Jung, el símbolo sana el espíritu porque le permite integrar sus partes en conflicto.

    En nuestro caso, una bandera hecha con una sábana de hotel y pintada en aerosol sirvió como cáliz para nuestro ritual. Pero así como el cáliz sacerdotal no puede ser ritualizado por cualquier persona sino por quien es reconocido por el devoto, el manto sagrado de la patria no puede ser desplegado por cualquier ciudadano. Solo pudo ser ritualizado por el último bastión de la unidad nacional, el fútbol. La pelota no se mancha.  

    Hoy, sin embargo, no es tan visible en la política mediática alguien que encarne unívocamente el modelo nacional y que pueda crear y representar símbolos que unifiquen el sentir nacional. En un punto ni siquiera en el plano partidario.

    Nos encontramos en una nueva crisis de representatividad.

    Mi visión sobre la aparición de estos símbolos es positiva, porque veo algo en desarrollo, aunque entiendo que todavía no tiene la masividad necesaria. Esto lo voy a desarrollar con mayor profundidad en la siguiente serie de artículos que voy a estar publicando en las próximas entregas sobre la militancia y la dirigencia.

    Mientras tanto, nos encontramos como en un verso del Martín Fierro:

    Y dejo rodar la bola, Que algún día se ha de parar; Tiene el gaucho que aguantar Hasta que lo trague el hoyo, O hasta que venga algún criollo En esta tierra a mandar.

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  • Patria o colonia (II)

    Patria o colonia (II)

    La segunda disputa

    del liberalismo oligárquico al 17 de octubre

    En la primera parte de esta serie vimos el primer round de esta disputa: Rivadavia inaugurando el modelo liberal, Rosas respondiendo con el modelo nacional, y esa tensión sin resolver como saldo. Ese primer empate iba a tener revancha. Si no lo leiste, te recomiendo leerlo. Patria o colonia (I)

    La Panacea Liberal

    Los unitarios exiliados durante el gobierno del Restaurador actuaron como los arquitectos ideológicos y propagandísticos que legitimaron su caída en la batalla de Caseros. Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Florencio Varela usaron el periodismo para pintar a Rosas como un tirano bárbaro ante la opinión pública internacional. Sarmiento se unió al Ejército Grande (entrerrianos, brasileños y uruguayos) como boletinero, redactando las proclamas oficiales que justificaban la guerra no como una invasión, sino como una liberación. Así se inicia un nuevo ciclo de guerras civiles y de división ideológica, hasta la unificación bajo Bartolomé Mitre.

    Mitre, fundador del partido radical, defendía la inserción de Argentina en el mercado mundial como proveedora de materias primas, promoviendo el libre comercio y la inversión de capital extranjero. Junto con Sarmiento, su predecesor, compartía la idea de implantar las instituciones y costumbres de la Europa occidental. Así se empieza a hablar de civilización y barbarie.

    En las elecciones nacionales entre 1860 y 1916, el PAN (Partido Autonomista Nacional) lideró el país a través de sufragios fraudulentos. Bajo el PAN se gestó la panacea liberal en Argentina: un modelo de inserción a la economía global desde una economía primarizada. La industria ganadera de la zona núcleo fue el eje de este modelo, pero también se desarrolló la industria del azúcar en el norte grande y la explotación del quebracho, en manos extranjeras, en el norte bajo. El correlato del modelo fue la precarización laboral y la reducción a la servidumbre. En esta época se popularizaron los pagos con “vales” de proveeduría.

    Para profundizar en el modelo económico liberal, te invito a ver este video, donde explico cómo funcionaba y cuáles fueron sus principales consecuencias.

    Mientras tanto, bajo este modelo se afianzó la aristocracia nacional. El poder político y el poder económico se fusionaron en un solo grupo social conocido como la oligarquía. El partido funcionó como el instrumento institucional de este círculo cerrado para gobernar el país en beneficio propio. Las familias tradicionales coloniales se unieron a nuevos ricos comerciales a través de matrimonios estratégicos y alianzas de negocios para mantener la concentración económica.

    El fin del liberalismo “democrático”

    Mientras el liberalismo concentraba el poder, un quiebre en la UCR empieza a desestabilizar la hegemonía. Leandro Alem, hijo de un mazorquero (seguidor de Rosas), se opuso fuertemente al fraude electoral y a las políticas centralistas de los gobiernos del PAN. Lideró la Unión Cívica en un levantamiento civil y militar armado contra el presidente Miguel Juárez Celman. Un año después de fundar junto a Mitre la UCR, esta se dividió por un acuerdo político entre Roca y Bartolomé Mitre, en UCN (Mitre) y UCR (Alem).

    El presidente Sáenz Peña, ante la presión política y las constantes rebeliones armadas de la UCR, impulsó una reforma electoral para pacificar el país. Fue un cálculo político fallido: la aristocracia nacional pensó que el pueblo los elegiría igual sin fraude, y ese error llevó al cambio del modelo liberal.

    Así, Hipólito Yrigoyen llega a la presidencia nacional bajo el voto secreto y obligatorio. Le aportó una visión armónica para superar la grieta civilización o barbarie, bajo la convicción de que todas las clases sociales y regiones geográficas de la nación debían integrarse armónicamente en un solo cuerpo soberano: el pueblo. Su gestión no buscó romper el lazo comercial con Gran Bretaña ni realizar una reforma agraria profunda, sino captar una mayor porción de la renta agraria para volcarla al bienestar social y la soberanía energética. Entonces, si bien no rompe por completo con el modelo liberal, fue una transición necesaria para los años venideros.

    El golpe militar de Uriburu pone fin al gobierno de Yrigoyen y da nacimiento a lo que después se llamó la Década Infame.

    Mientras transcurría la Década Infame, en un sótano de la avenida Corrientes un grupo de intelectuales de la UCR gestaba la agrupación FORJA. Críticos de la entrega del partido a un sistema fraudulento y de la sumisión económica a Gran Bretaña mediante acuerdos como el pacto Roca-Runciman, se formaron bajo el lema “Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre”. El nombre surge de uno de los mejores intelectuales que transitó nuestra tierra, Arturo Jauretche. También estaban Raúl Scalabrini Ortiz y Homero Manzi, quienes serían un puente ideológico fundamental entre el yrigoyenismo y el peronismo en la historia del pensamiento nacional argentino.

    La nación argentina se hizo una doctrina propia

    El 4 de junio de 1943, un grupo de militares organizados en una logia denominada GOU derrocó al presidente Ramón Castillo y puso fin a la Década Infame. Entre ellos se encontraba Juan Domingo Perón. La idea era evitar que Argentina entrara al conflicto global alineada con los Aliados, defendiendo una postura de estricta neutralidad, y terminar con el fraude electoral sistemático. La logia se disolvió formalmente en 1944, luego de cumplir sus objetivos iniciales y debido a internas políticas. Pero desde la Secretaría de Trabajo estaba naciendo un nuevo romance entre el pueblo y el nacionalismo.

    La gestión de Perón en la Secretaría de Trabajo le haría ganar el amor del pueblo y el odio de los oligarcas. Ni las acciones que fortalecieron los sindicatos, ni las paritarias, ni la previsión social, le generaron tanto odio a la oligarquía como el Estatuto del Peón de Campo. Declararon públicamente que la ley sembraría el germen del desorden social al otorgar derechos a personas de “limitada cultura”. Ese odio visceral hacia Perón los llevó a marchar el 19 de septiembre de 1945 bajo el lema “Marcha de la Constitución y la Libertad”, para pedir elecciones y la prisión de Perón. Menos de un mes después de esa marcha, por pedido de las cámaras de comercio, el campo y una interna militar, meten preso a Perón. Nunca sospecharon que ese hecho desencadenaría la histórica jornada obrera del 17 de octubre.

    La movilización fue un fenómeno puramente obrero, de bases sindicales, que desbordó incluso a la propia cúpula de la CGT. Ante el pedido de las bases, la central llevó a votación la realización de una huelga para pedir la liberación de Perón. En una decisión ajustada, se fijó el 18 de octubre para marchar. Las bases, en comisiones internas de las fábricas, comenzaron a abandonar sus puestos de trabajo por su cuenta desde la madrugada del 17, por miedo al retroceso de la medida o por impedimento de la propia patronal. Ese mismo día, Perón terminó dando un discurso desde el balcón de la Casa Rosada, con la Plaza de Mayo llena.

    El modelo económico de Perón se basó en el nacionalismo económico, la industrialización por sustitución de importaciones, el fuerte intervencionismo estatal y la redistribución de la riqueza hacia las clases trabajadoras. Muy en sintonía con la visión de Rosas; parte de las diferencias son propias de cada época. Otra de las diferencias, y creo que la más fundamental, es que Perón desarrolló una doctrina política propia. Eso le permitió sostener su visión política por más tiempo y hacer subsistir su pensamiento más allá de los embates de la oligarquía.

    Perón logró algo que ni Rosas ni Yrigoyen habían podido conseguir: una doctrina propia, capaz de sobrevivirlo. Pero esa misma fuerza fue la que la oligarquía se propuso destruir por todos los medios. En la tercera y última parte de esta serie vamos a ver cómo terminó esa historia, y por qué el mismo patrón (liberal contra nacional) sigue vivo en la Argentina de hoy.

    Te invito a ver el video relacionado, donde abordo estas ideas desde otra perspectiva

    2 responses to “Patria o colonia (II)”

    1. [jano'nt] Avatar
      [jano’nt]

      Lei el anterior y este. la verdad muy bien sintetizado. luego mirare los videos. gracias.

    2. […] argentina: de Rivadavia a Rosas Ver: Patria o Colonia (I) de Mitre al PAN, de Yrigoyen a Perón Ver: Patria o Colonia (II) Es hora de cerrar esta historia y preguntarnos qué queda de todo eso […]

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  • Patria o colonia (I)

    La génesis de una grieta que nunca cerramos

    Desde la independencia, la Argentina gira alrededor de un conflicto que nunca logró resolver. Cambian los gobiernos, cambian los partidos e incluso cambian los nombres con los que se presenta la disputa, pero el problema de fondo permanece. Durante años se intentó reducir ese conflicto a consignas simples: “100 años de peronismo”, “Estado o mercado”. Sin embargo, la realidad argentina resiste esas simplificaciones. En apenas dos décadas el país atravesó gobiernos de orientaciones muy distintas y, aun así, muchos de los problemas estructurales permanecieron. Se ha pasado de un modelo con tintes peronistas, a uno neoliberal, a uno socialdemócrata y se terminó con un modelo pseudolibertario.

    En este escrito no intento ser neutral, porque no podría: en mi corazón están grabados San Martín, Rosas y Perón como encarnación del sueño de mi nación. Pero sí quiero mostrar cómo hay una tensión no resuelta que nos traba constantemente como nación.

    ¿Cuál es entonces la verdadera discusión? En este artículo propongo mirar la historia desde otra perspectiva: la tensión permanente entre dos modelos de país, el liberal y el nacional. Una disputa que adopta distintas formas en cada época, pero que sigue organizando buena parte de nuestra vida política, económica, social y cultural.

    ¿Por qué, después de tantos cambios de gobierno, seguimos discutiendo lo mismo?

    La génesis

    La tentación es ubicar el origen de esta disputa en el enfrentamiento entre unitarios y federales, que sin duda también forma parte de una de las tantas disputas nacionales. Sin embargo, ese conflicto ya fue la expresión política de una discusión más profunda. La pregunta de fondo era otra: ¿qué lugar debía ocupar la Argentina en el mundo? Para llegar a la verdadera raíz del problema, debemos situarnos en las acciones e ideales de los primeros protagonistas políticos.

    El primer intento de responder esa pregunta llegó con el unitario Bernardino Rivadavia, primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Su proyecto de país fue influenciado, durante sus viajes por Europa, por el pensamiento liberal británico de la época. La influencia del pensamiento económico europeo, principalmente el británico, va a ser una constante en muchas de las visiones globalizantes de diferentes gobernantes argentinos.

    La apertura comercial fue uno de sus principales ejes. La reducción de los aranceles buscaba integrar la economía rioplatense al comercio internacional, pero al mismo tiempo debilitó a muchas economías regionales, incapaces de competir con las manufacturas europeas. A partir de entonces, la discusión entre unitarios y federales dejó de limitarse a la forma de organizar políticamente el país y comenzó a trasladarse también al terreno económico.

    Las instituciones creadas durante su gobierno respondían a esa misma lógica. Fundó la Bolsa Mercantil y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, cuya administración quedó en manos de comerciantes británicos. La bolsa de comercio fue cerrada luego por Juan Manuel de Rosas, quien consideraba a los corredores de comercio agentes británicos para desestabilizar la economía nacional. También contrajo el célebre empréstito con la banca Baring Brothers por un millón de libras esterlinas. El objetivo declarado era financiar obras públicas y consolidar el reconocimiento internacional de la independencia argentina. Sin embargo, solo ingresó una parte del dinero, las obras nunca se realizaron y la deuda terminó pagándose casi ochenta años después por un monto cinco veces superior al recibido. Así dio inicio a la deuda eterna argentina.

    La influencia británica tampoco quedó restringida al plano financiero. Empresas como la River Plate Mining Association obtuvieron concesiones para explotar los recursos minerales del interior, generando fuertes resistencias entre los caudillos provinciales. Uno de los principales opositores fue Facundo Quiroga, cuya defensa de las economías regionales profundizó el enfrentamiento con el gobierno central. El descontento generalizado de las provincias y el fracaso de su política militar y económica llevaron a la renuncia de Rivadavia tras la batalla de Rincón de Valladares. El primero en irse en helicóptero, incluso antes de que este fuera inventado.

    Con la llegada de Rosas nace un segundo modelo nacional, basado principalmente en el proteccionismo económico. La ley de aduana prohibió la importación de productos extranjeros que se fabricaban en el país, y favoreció a los barcos de bandera nacional con aranceles más bajos que los aplicados a flotas extranjeras. La idea era fortalecer el comercio y la industria nacional. Las políticas que cerraban los ríos interiores y limitaban el comercio europeo provocaron una dura respuesta de las potencias internacionales.

    Las potencias europeas rechazaban el proteccionismo de la ley de aduanas: Gran Bretaña y Francia exigían la libre navegación de los ríos interiores. Una de las consecuencias más conocidas fueron los bloqueos navales al puerto de Buenos Aires, que derivaron en la batalla de la Vuelta de Obligado.

    Rivadavia representa el primer intento consistente de insertar a la Argentina en un modelo económico y político liberal, mientras que Rosas representa el primer intento de generar un modelo de protección nacional. 

    Este primer round terminó en tablas, pero abrió una grieta que la Argentina nunca volvió a cerrar. En la segunda parte de esta serie vamos a ver cómo esa misma disputa reaparece con Mitre y la “panacea liberal” del PAN, y cómo desde ahí germina, en un sótano de la avenida Corrientes, la semilla de lo que después sería el peronismo.

    Te invito a ver el video relacionado, donde abordo estas ideas desde otra perspectiva

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    6 responses to “Patria o colonia (I)”

    1. Theo Avatar
      Theo

      Contar la historia nunca está de más . Pasaron años , y vuelven con una formula que no funciono , no funciona , ni funcionar . Argentina será para todos , o no será nada

      1. nadasinperon Avatar

        Totalmente Theo!! hay un modelo que es para la concentracion de una minoria, que tiene sus promesas y por eso se sostiene, y un modelo para las mayorias, que tiene sus falencias y por eso no termina de conquistar. Eso lo trato en el ultimo articulo de la serie jaja te me adelantaste un poco jaja muy buena observacion.

    2. […] En la primera parte de esta serie vimos el primer round de esta disputa: Rivadavia inaugurando el modelo liberal, Rosas respondiendo con el modelo nacional, y esa tensión sin resolver como saldo. Ese primer empate iba a tener revancha. Si no lo leiste, te recomiendo leerlo. Patria o colonia (I) […]

    3. […] partes de esta serie recorrimos casi dos siglos de historia argentina: de Rivadavia a Rosas Ver: Patria o Colonia (I) de Mitre al PAN, de Yrigoyen a Perón Ver: Patria o Colonia (II) Es hora de cerrar esta historia y […]

    4. […] LLA ha quemado etapas mucho más rápido que cualquier otra fuerza política reciente. Pero también consolidó, en poco tiempo, un núcleo militante fuertemente identitario. Más allá de lo que ocurra en 2027, parece haber logrado algo que durante décadas resultó esquivo: darle al liberalismo una organización política propia con capacidad de disputar el poder. Habiéndo absorbido al PRO, consolida por primera vez el partido liberal en Argentina desde la generación del 37 y sin usar dictaduras militares. Esa es, quizás, su transformación más profunda. Porque la discusión ya no gira únicamente alrededor de Javier Milei, sino del regreso de un viejo antagonismo de la política argentina: la tensión entre el proyecto liberal y el proyecto nacional. Sobre ese conflicto histórico ya escribí en este artículo. (Patria o Colonia) […]

    5. […] partes de esta serie recorrimos casi dos siglos de historia argentina: de Rivadavia a Rosas Ver: Patria o Colonia (I) de Mitre al PAN, de Yrigoyen a Perón Ver: Patria o Colonia (II) Es hora de cerrar esta historia y […]

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