Tres nombres para una misma fecha, y una discusión que en realidad es sobre quiénes somos.
Cada 12 de octubre los argentinos tenemos feriado, pero no nos ponemos de acuerdo en cómo llamarlo. Para algunos sigue siendo el Día de la Raza, para otros el Día de la Hispanidad, y desde 2010 el nombre oficial es Día del Respeto a la Diversidad Cultural. No es una disputa de etiquetas: cada nombre carga una teoría sobre lo que pasó en 1492 y sobre lo que somos hoy. Este artículo recorre cómo nació cada denominación, qué significa, cómo llegó a la Argentina, y por qué la discusión es tan difícil de cerrar.
Qué significa cada nombre
Día de la Raza. Aquí “raza” no se usa en sentido biológico estricto, sino en el sentido cultural y espiritual que tenía a comienzos del siglo XX: la “raza hispana” o “iberoamericana” como comunidad de lengua, religión, costumbres y destino común entre España y las naciones americanas. Es un nombre de época, anterior a la crítica contemporánea del concepto de raza, y por eso hoy suena para muchos incómodo o directamente inaceptable.
Día de la Hispanidad. “Hispanidad” nombra el conjunto de pueblos y culturas unidos por la herencia de España, y en particular por la lengua castellana. Es una palabra con una carga ideológica más marcada: en su versión más influyente, la de los años treinta, es la Hispanidad católica, tradicionalista e imperial, que veía en la conquista una misión civilizadora y evangelizadora.
Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Es el nombre más reciente y el más deliberadamente distinto: desplaza la mirada del acontecimiento (la llegada de Colón) hacia el presente y hacia la pluralidad de culturas que conviven en el territorio, incluyendo explícitamente a los pueblos originarios, a las migraciones y a las comunidades afrodescendientes. Es un nombre que no celebra un hecho histórico sino un valor.

El Día de la Raza en la Argentina
La fecha tiene una prehistoria en el IV Centenario de 1892, cuando España y varios países americanos conmemoraron los cuatrocientos años del viaje de Colón con festejos, exposiciones y publicaciones. En esas celebraciones se mezclaban dos cosas: el orgullo español, en un momento de decadencia imperial tras perder buena parte de su poder, y el interés de las élites americanas por reconocerse en una tradición europea y latina.
La idea de una “Fiesta de la Raza” cristalizó en las primeras décadas del siglo XX, impulsada desde España por el americanismo y las asociaciones que buscaban estrechar lazos con las repúblicas americanas, entre ellas la Unión Ibero-Americana. Ese movimiento encontró eco en Buenos Aires, donde la numerosa colectividad española y los círculos intelectuales hispanófilos organizaban actos cada 12 de octubre.
El paso decisivo en la Argentina se dio en 1917, durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuando un decreto convirtió el 12 de octubre en feriado nacional con el nombre de Día de la Raza. El gesto tenía lectura política: en pleno clima de debate sobre la identidad nacional posterior al Centenario de 1910, y con la inmigración masiva transformando el país, el radicalismo de Yrigoyen proponía un vínculo cultural con España y con “lo hispanoamericano” que sirviera de contrapeso a otras influencias y que ofreciera un relato común a una sociedad muy heterogénea.
Esa misma búsqueda atravesó a intelectuales como Ricardo Rojas, que en Eurindia (1924) proponía una síntesis entre lo europeo y lo indígena como clave de una cultura argentina propia, y a Leopoldo Lugones, que en 1913 consagró el Martín Fierro como poema épico nacional.
Desde entonces, y durante casi un siglo, “Día de la Raza” fue la denominación del feriado en la legislación argentina, incluso cuando las leyes posteriores sobre feriados nacionales reorganizaron el calendario. No fue un caso aislado: México, con La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, dio al término una lectura optimista sobre el mestizaje, y en buena parte de América Latina la fecha se llamó igual.

El Día de la Hispanidad
La palabra “hispanidad” tiene un vínculo estrecho con Buenos Aires. Se atribuye a Zacarías de Vizcarra, sacerdote español radicado en la capital argentina, la propuesta, hacia 1926, de reemplazar “Día de la Raza” por “Día de la Hispanidad”, en el ámbito de la colectividad española y los sectores católicos. Años después, Ramiro de Maeztu, que fue embajador de España en la Argentina entre 1928 y 1930, popularizó el concepto en su libro Defensa de la Hispanidad (1934), donde la presenta como una comunidad espiritual de base católica, opuesta al liberalismo y al protestantismo anglosajón.
En España, la fecha fue fiesta nacional con el nombre de Fiesta de la Raza desde 1918 y pasó a llamarse Día de la Hispanidad bajo el franquismo, en 1958, en pleno proyecto de exaltación imperial. Tras la transición democrática se la redefinió como Fiesta Nacional de España, en 1987, desligándola de aquella carga.
En la Argentina, “Hispanidad” nunca fue, hasta donde puede rastrearse en la normativa de feriados, el nombre legal del 12 de octubre, pero sí circuló con fuerza como denominación alternativa en el nacionalismo católico, en la prensa tradicionalista, en actos de las instituciones españolas y en muchos ámbitos escolares, y fue la bandera de quienes defendían la herencia española frente a lo que consideraban una visión sesgada del pasado.
Es un nombre que, para quienes lo usan hoy, subraya la lengua, la religión y las instituciones heredadas, y que para sus críticos oculta la violencia de la conquista y borra a los pueblos que ya estaban.

El Día del Respeto a la Diversidad Cultural
El cambio de nombre se inscribe en un movimiento continental. Con el quinto centenario de 1992, buena parte de las organizaciones indígenas de América impugnaron la idea misma de celebración y propusieron hablar de quinientos años de resistencia. En esa década y la siguiente, varios países reformularon la fecha: Costa Rica la llamó Día de las Culturas, Venezuela la renombró en 2002 Día de la Resistencia Indígena, Bolivia la vinculó a la descolonización y Nicaragua a la resistencia indígena, negra y popular.
En la Argentina, el proceso se apoyó en un cambio normativo y simbólico más amplio: la reforma constitucional de 1994 reconoció la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos, y en 2006 la ley 26.160 declaró la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas.
En ese marco, en 2010 el decreto 1584 del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner reordenó el régimen de feriados y dispuso que el 12 de octubre pasara a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Poco después, el debate se trasladó al espacio público con la decisión de retirar el monumento a Colón de su ubicación detrás de la Casa Rosada y reemplazarlo por uno dedicado a Juana Azurduy, una discusión que despertó polémicas y litigios.
El nombre quedó consagrado en el régimen vigente de feriados, la ley 27.399 de 2017, que además lo mantiene como feriado trasladable. Este año, el 12 de octubre cae un lunes, de modo que el fin de semana largo es automático.
La denominación tiene sus defensores y sus críticos. Para sus defensores, reconoce que el territorio fue y es plural, y corrige una celebración que ignoraba a quienes ya vivían aquí. Para sus críticos, es un nombre tan amplio que deja de decir qué se conmemora, y a veces se lo ve como una forma de diluir, en vez de enfrentar, la discusión histórica de fondo.
La disputa histórica sobre la llegada de los españoles y los desacuerdos profundos
Casi nada del 12 de octubre es un dato neutral, empezando por cómo nombrar lo que ocurrió. ¿Descubrimiento, encuentro de dos mundos, invasión, conquista, genocidio, choque? Cada sustantivo contiene una tesis.
Descubrimiento supone que algo estaba a la espera de ser hallado por quien llega, y pone al europeo como sujeto de la historia. El historiador mexicano Edmundo O’Gorman, en La invención de América (1958), mostró que “descubrir” América fue en realidad una interpretación construida después, no un hecho evidente en 1492, porque Colón murió convencido de haber llegado a Asia.
Encuentro de dos mundos fue la fórmula conciliadora de 1992, muy usada en España, que enfatiza el contacto y la mezcla pero que sus críticos consideran un eufemismo frente a la violencia y a las epidemias.
Invasión, conquista, genocidio ponen el acento en la dominación, el despojo y la mortandad, y se apoyan en testimonios como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), de fray Bartolomé de las Casas, o los relatos recogidos por Miguel León-Portilla en Visión de los vencidos (1959).
La discusión no es nueva. En 1550 y 1551, la Corona española convocó en Valladolid un debate entre Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre si la conquista era justa y si los indígenas podían ser sometidos por naturaleza. Ya entonces los propios españoles discutían la legitimidad de lo que estaban haciendo.
Siglos después, la historiografía española denunció como “leyenda negra” una supuesta exageración de las crueldades españolas, concepto formulado por Julián Juderías en 1914 y retomado por la Hispanidad, mientras la historiografía crítica latinoamericana respondió que la crítica más dura había salido de los propios cronistas españoles. Todorov, en La conquista de América. El problema del otro (1982), intentó otra vía: leer la conquista como un fracaso de comprensión entre sistemas de signos radicalmente distintos.
Desacuerdos profundos
El filósofo estadounidense Robert Fogelin, en su artículo “The Logic of Deep Disagreements” (1985), propuso una idea que ayuda a entender por qué esta discusión parece no terminar nunca. Un desacuerdo profundo no es una simple diferencia de opiniones sobre hechos que se resuelve con más información. Es un desacuerdo que nace de marcos de referencia distintos, que definen qué cuenta como evidencia, qué fuentes son confiables y qué valores están en juego. Fogelin se apoya en Wittgenstein (Sobre la certeza): hay proposiciones “bisagra” que no se discuten porque son las que permiten discutir lo demás.
Aplicado al 12 de octubre: quien parte de que la civilización europea trajo la lengua, la fe y las instituciones que hoy compartimos y quien parte de que el mundo indígena fue destruido y sometido no discrepan solo sobre datos. Los datos básicos (fechas, mortandad, leyes de Indias, mestizaje) son en gran parte conocidos y compartidos. Discrepan sobre qué pesa más, sobre qué es el progreso, sobre quién es el sujeto de la historia. En ese terreno, los argumentos se cruzan sin tocarse, porque cada parte juzga las razones de la otra con las reglas de su propio marco.
Esto no significa que todo valga lo mismo ni que sea imposible el diálogo. Fogelin mismo sugiere que, ante un desacuerdo profundo, la salida no es seguir apilando argumentos sino otra cosa: explicitar los marcos, buscar compromisos prácticos, reconocer la parte de verdad que hay en cada posición. Un buen punto de partida es aceptar que el 12 de octubre dice cosas distintas según quién lo diga, y que ninguna denominación agota el hecho.

Una misma raíz, una historia diferente en cada pueblo
Hablar de “la conquista” en singular es ya una simplificación. Lo que ocurrió en el Valle de México, en los Andes, en el Río de la Plata o en el Caribe fue distinto, porque eran distintos los pueblos que había, distintos los recursos que se buscaban y distinta la capacidad de resistencia.
El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro ofrece una de las clasificaciones más fecundas para pensarlo en Las Américas y la civilización (1969), un libro que forma parte de su ciclo de estudios del proceso civilizatorio. Ribeiro distingue grandes grupos de pueblos americanos según cómo se dio el encuentro:
Pueblos testimonio: los herederos de las altas civilizaciones nativas, como la mesoamericana y la andina (México, Guatemala, Perú, Bolivia, Ecuador), donde la sociedad indígena sobrevivió con densidad demográfica y cultural, y la conquista se superpuso a estructuras que ya existían.
Pueblos nuevos: surgidos de la mezcla de indígenas, europeos y africanos en un proceso de fusión que dio lugar a identidades distintas de todas sus fuentes. Brasil es el caso central de su análisis, y lo desarrolla en O povo brasileiro (1995); entran también en esta categoría países como Colombia, Venezuela, Chile y las Antillas.
Pueblos trasplantados: sociedades formadas por oleadas de colonos y luego inmigrantes europeos que reprodujeron en América sus formas de vida, con escasa mezcla con los pueblos originarios, como Estados Unidos, Canadá y, en su clasificación, la Argentina y el Uruguay.
La “misma raíz” es, para Ribeiro, el origen ibérico: la matriz cultural de la península, con su Contrarreforma, su herencia árabe, su lengua y su organización colonial, que se proyecta sobre un continente de enorme diversidad. Una raíz común, entonces, pero resultados muy distintos. Por eso el 12 de octubre no significa lo mismo en México, donde el peso del México profundo, en palabras de Guillermo Bonfil Batalla, es inocultable, que en Bolivia, donde la mayoría de la población se reconoce indígena, que en Chile, que en el Brasil o en la Argentina.

El nuevo hombre del mito gaucho de Carlos Astrada
Si la conquista no es la misma en cada país, tampoco lo son los personajes que cada país elige para pensarse. En la Argentina, uno de los más potentes fue el gaucho, y un filósofo cordobés, Carlos Astrada (1894-1970), le dedicó una de las interpretaciones más ambiciosas.
Astrada se formó en Alemania con Max Scheler y Martin Heidegger y fue uno de los introductores del existencialismo y la fenomenología en la Argentina, antes de acercarse al peronismo. En El mito gaucho (1948), que amplió en ediciones posteriores, propone leer el Martín Fierro de José Hernández como algo más que una obra literaria: como la figuración de un modo de ser argentino, nacido en la pampa, capaz de dar sentido a una experiencia histórica y de proyectar un destino.
En términos generales, el planteo de Astrada es el siguiente. El gaucho no es ni el español ni el indio, sino un tercer tipo humano que surge del encuentro de ambos en el espacio abierto y sin límites de la llanura. La pampa, con su vacío, su horizonte y su exigencia de nomadismo, forma un hombre libre, desarraigado de las estructuras de la sociedad colonial y urbana, y dotado de una relación particular con la tierra, el caballo y el destino. Para Astrada, ese tipo humano funciona como mito en un sentido fuerte: una figura originaria que organiza una comunidad y le da una imagen de sí misma, y que puede sostener un proyecto de futuro. De ahí la idea de un “nuevo hombre”: no solo el heredero de una cultura trasplantada, sino el protagonista de un comienzo propio, que vuelve su pregunta por el ser hacia el territorio y la historia argentinos.
La propuesta de Astrada puede leerse como una respuesta a la vieja disputa sobre el 12 de octubre. Frente a la Hispanidad, que ve en América la prolongación de España, y frente al indigenismo, que ve en ella la víctima de la conquista, Astrada propone un tercer camino: lo que nace del encuentro es algo nuevo, con rostro propio. Es, en cierto modo, la intuición que Rojas llamó Eurindia y que Vasconcelos llamó raza cósmica, pero anclada en una figura concreta y en una filosofía de la existencia.
“De la conjunción del elemento hispánico con el elemento indígena, sobre la matriz de la tierra americana, surge una nueva entidad humana y espiritual: el gaucho, prototipo del hombre argentino. En él se operó la verdadera síntesis de dos sangres y dos destinos, dando nacimiento al nuevo hombre de nuestra América.” Carlo Astrada El mito gaucho
Tres nombres, tres relatos. “Raza” habla de una comunidad cultural que se pensó a sí misma con las categorías de su tiempo. “Hispanidad” habla de una herencia que unos defienden como el fundamento de lo que somos y otros denuncian como la cara amable de una dominación. “Diversidad cultural” habla de un presente plural y de una deuda pendiente con los pueblos que ya estaban.
Ninguno agota la fecha. Lo más honesto quizá sea reconocer que el 12 de octubre condensa, en un solo día, un desacuerdo profundo que no se resuelve cambiando una palabra por otra, y que la tarea más interesante es otra: conocer mejor la historia, escuchar a todos los que fueron parte de ella, y preguntarnos qué clase de comunidad queremos ser con todo lo que heredamos.
¿Con qué nombre recordás esta fecha y por qué? Dejanos tu opinión en los comentarios.
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Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas
- Decreto 1584/2010, Poder Ejecutivo Nacional (Argentina): régimen de feriados y denominación Día del Respeto a la Diversidad Cultural. (Ver)
- Maeztu, Ramiro de. Defensa de la Hispanidad. (Ver)
- Juderías, Julián. La leyenda negra. (Ver)
- Vasconcelos, José. La raza cósmica. (Ver)
- Rojas, Ricardo. Eurindia. (Ver)
- Lugones, Leopoldo. El payador. (Ver)
- Las Casas, Bartolomé de. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. (Ver)
- León-Portilla, Miguel. Visión de los vencidos. (Ver)
- Fogelin, Robert. “The Logic of Deep Disagreements”. Informal Logic, vol. 7, n.º 1, 1985. (Ver)
- Ribeiro, Darcy. Las Américas y la civilización. (Ver)
- Astrada, Carlos. El mito gaucho. (Ver)
- Astrada, Carlos. La revolución existencialista. (Ver)
- Hernández, José. Martín Fierro. (Ver)
















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